martes, 2 de junio de 2020

ESTUDIO CRÍTICO Y ANALÍTICO DE LA POESÍA DE FEDERICO GARCÍA LORCA III


Romance de la pena negra

Tercer análisis literario del poeta español más conocido y leído de todos los tiempos.

Por Fernando Chelle  

Continuando con los análisis literarios de la poesía de Federico García Lorca, estudiaré en esta oportunidad, el Romance de la pena negra. Es el séptimo poema del Romancero gitano (1928) y está dedicado al gran intelectual granadino, José Navarro Pardo, amigo personal de Federico y también contertulio en “El Rinconcillo”, la famosa tertulia que tuvo lugar en el desaparecido Café Alameda, de Granada, entre los años 1915 y 1929.
En una primera instancia, Federico García Lorca tuvo la intención de titular el poema como “Romance de la pena negra en Jaén”, así se lo hizo saber a su amigo Melchor Fernández Almagro, en una carta escrita en Granada, fechada a finales de enero de 1926. Posteriormente, decidió quitarle la localización geográfica al romance, quizá no lo vio como algo necesario, ya que en el desarrollo del texto se hace referencia a las “tierras de aceitunas”, que es el cultivo característico de ese municipio andaluz.   

Romance de la pena negra

A José Navarro Pardo

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
—Soledad: ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
—Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
—Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
—No me recuerdes el mar
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
—¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
—¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, carne y ropa.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
—Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

*

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh, pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh, pena de cauce oculto
y madrugada remota!


El tema del poema es la pena gitana, encarnada, representada, en el personaje de Soledad Montoya. Es un tema que ya está señalado desde ese título, que podríamos calificar casi de epónimo, porque la pena negra, la pena gitana, es como un gran personaje que está presente dentro del Romancero gitano, pero fundamentalmente en este poema. Por esta razón, este quizás sea para mí el poema más importante de la obra.
Me parece interesante recordar, antes de comenzar el estudio del texto, unas palabras vertidas por el propio Federico García Lorca en la conocida “Conferencia-recital del Romancero Gitano”. Esta conferencia, que fue publicada en el número 77 de la Revista de Occidente, en agosto de 1969, y que aparece en las obras completas del autor, no está fechada. Mi investigación me lleva a decir que es de 1934, unos cuantos años después de la publicación del libro. Esto lo descubrí leyendo los manuscritos mecanografiados de las conferencias y la obra en prosa, que se encuentran en los fondos documentales de la Fundación Federico García Lorca. Allí dice Federico, hablando del Romancero gitano, en general:
Un libro… donde no hay más que un solo personaje grande y oscuro como un cielo de estío, un solo personaje que es la Pena que se filtra en el tuétano de los huesos y en la savia de los árboles, y que no tiene nada que ver con la melancolía ni con la nostalgia ni con ninguna aflicción o dolencia del ánimo, que es un sentimiento más celeste que terrestre; pena andaluza que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y no puede comprender.
Porque Soledad Montoya, no es que padezca la pena, sino que es la pena negra, podríamos decir que este es el poema más representativo de la obra. Soledad es una mujer arquetípica de la comunidad gitana, muy diferente a una mujer como la del Romance de la casada infiel, texto estudiado en la entrega anterior. Detengámonos en otras palabras al respecto, de la misma conferencia-recital:
En contraposición de la noche marchosa y ardiente de la casada infiel, noche de vega alta y junco en penumbra, aparece esta noche de Soledad Montoya, concreción de la Pena sin remedio, de la pena negra, de la cual no se puede salir más que abriendo con un cuchillo un ojal bien hondo en el costado siniestro.
La pena de Soledad Montoya es la raíz del pueblo andaluz. No es angustia, porque con pena se puede sonreír, ni es un dolor que ciega, puesto que jamás produce llanto; es un ansia sin objeto, es un amor agudo a nada, con una seguridad de que la muerte (preocupación perenne de Andalucía) está respirando detrás de la puerta.
Este poema, como todos los del Romancero gitano, es un romance, una composición poética de versos octosílabos con rima asonante en los versos pares. Está compuesto de 46 versos, separados en dos partes por un asterisco (en la edición original), la primera parte es una estrofa de 38 versos, y la segunda, una de 8. Este también es un romance que está estructurado, básicamente, en cuartetas, aunque no estén separadas en estrofas. Si miramos con atención, descubriremos que, dejando de lado los versos 9 y 10, que son los que encierran la pregunta que da lugar al diálogo, los demás versos están estructurados de forma cuaternaria. 
Internamente, podemos encontrar tres momentos claramente diferenciados en el poema. El primer momento, del verso 1 al 8, es la presentación de Soledad Montoya en relación con el ambiente. El segundo momento es el núcleo del romance, es el más extenso y a su vez el más importante de este texto con características líricas, narrativas y hasta dramáticas. Va desde el verso 9 hasta el 38, con el que se cierra la primera estrofa, y abarca el extenso diálogo que se da entre una voz poética mesurada y Soledad Montoya. Y lo digo de esta manera, porque no necesariamente tenemos que vincular la voz que dialoga con Soledad, con la voz poética narrativa que presenta a la protagonista en el primer momento y que regresa en el cierre de la composición, en el breve tercer momento (verso 39 al 46), para volver a poner en relación la pena con los gitanos y hacer de Soledad Montoya un símbolo.


Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.

El comienzo del poema nos sitúa en una atmósfera coherente con lo que plantea el título. Se inicia en la noche, que es la hora del dramatismo, de las tragedias. Pero no estamos aquí en la alta noche, sino en un momento de transición hacia el amanecer. Podríamos decir que lo que encontramos en el comienzo del romance es una doble transición, la de la noche cerrada hacia la aurora, presentida en el canto de los gallos, y la de Soledad hacia la ciudad, ya que la gitana viene regresando del monte. Se abre el texto con una metáfora cinestésica bellísima. Porque, al menos para mí, esas piquetas de los gallos no solamente aluden a sus picos en la tierra cavando, sino también a sus cantos. Hay un doble vínculo allí, piquetas, por picos y también por lo agudo del canto. Pero lo curioso es, ya sea que tomemos cualquiera de estos dos vínculos, que el canto de los gallos, o sus picos en la tierra, intentan encontrar la aurora, desenterrarla. Es como si la luz del sol, en esta visión poético-mítica de la realidad, estuviera clavada en la tierra y los gallos, elementos mínimos de la naturaleza, fueran los responsables de la aparición de lo más grandioso, de la aurora. Dice “cavan”, en presente, de manera que todavía la están buscando, no la han encontrado. El uso del presente en este poema es un acierto, porque nos acerca a la situación, nos la vuelve simultánea a la lectura, nos crea la sensación de estar allí en ese mismo instante.
Hay una simultaneidad entre esa búsqueda de los gallos y el regreso de Soledad, que también, casualmente, está regresando de una búsqueda, ya que viene del monte de buscar a su persona, como dirá más adelante. Hay un hipérbaton que posterga la aparición de la protagonista, de manera que cuando aparece, todo el peso de los versos anteriores recae sobre ese nombre tan significativo, Soledad Montoya. Esta mujer, cuyo destino parece estar marcado en su nombre, fue al monte en plena noche, ya que, en el comienzo del poema, cuando se acerca el alba, ella viene bajando de la espesura. Este es un elemento que nos muestra el desasosiego que la embarga, lo angustiosa que resulta ser su búsqueda, porque se trata de una incursión nocturna, en el monte oscuro, donde poco se puede llegar a encontrar. De manera que ese monte oscuro, que ella lleva hasta en el apellido, no es algo solamente exterior, la oscuridad es algo que la rodea, pero también que la habita. De forma magistral, y con una gran economía de recursos, el poeta logró crear en la primera cuarteta del poema, una situación, un ámbito exterior propicio, nos presentó una pena sin amanecer.

Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.

La creación del personaje está hecha, completamente, de forma metafórica. Hay una descripción física, pero con implicancias en el estado anímico de la protagonista. También hay un paralelismo psicocósmico, una analogía entre lo que es la pintura del personaje y el cosmos que la rodea, un ambiente natural que potencia el drama que está viviendo. Lo primero que se nos dice es que el color de su piel es como el del cobre. Aquí me gustaría detenerme en dos aspectos: en la referencia a los metales, que es una constante dentro del Romancero gitano, ya que, como sabemos, los metales son un material de trabajo para la gitanería, y también me parece significativo el adjetivo “amarillo” con que se alude al color de la piel. Porque este es un color que casi siempre está cargado de connotaciones negativas, si de piel hablamos. De manera que es válido pensar que quizás la tonalidad natural de Soledad no sea esa, sino que, como es víctima de un padecimiento, está más pálida, más enfermiza, más amarillenta. Por otro lado, se nos dice que esa carne “huele a caballo y a sombra”, que es una construcción completamente lógica desde el punto de vista gramatical, pero que la sentimos como ilógica desde el punto de vista semántico, ya que se puede oler a caballo, pero no a sombra. Sin embargo, como aquí estamos en el terreno de la poesía sí se puede oler a sombra, y la pena de Soledad es tan intensa que no solo se puede ver, sino que también se huele. Recordemos que Soledad viene del monte oscuro y que también lleva en ella la oscuridad, y eso es tan perceptible que es algo que se puede oler, es como si fuera una secreción de su cuerpo.
Pero el primer olor que se nos dice que emana el cuerpo de esta joven mujer, en ese verso con el verbo elidido, es el olor a caballo. Lo que no solo nos vuelve a traer, como sucedió con el cobre, el mundo de la gitanería, sino que nos sugiere que el cuerpo de esta gitana está cargado de una fuerza salvaje, instintiva y pasional, como la de un caballo. En los dos versos finales de la cuarteta se le suma a lo olfativo, el elemento visual. Siguen apareciendo elementos del mundo gitano, ahora nos encontramos con el yunque.
Es como si diferentes características de la vida gitana estuvieran presentes en el cuerpo de Soledad, el cobre, el caballo, el yunque. Pero es muy significativa la metáfora de asociar los pechos al yunque, porque se asocia algo erótico, algo que además está vinculado a la vida, que da vida, con un objeto que carece de ella. El yunque, si se quiere, podrá aludir a la plenitud física de la mujer, por la firmeza de sus pechos, pero no es algo cálido, todo lo contrario, es algo frío, algo que no tiene vida. Los pechos de Soledad Montoya, tristes, ahumados, como toda ella, están muertos en vida. Y no cantan, aunque sean duros como el yunque y redondo como esas canciones que solo pueden gemir. Porque hay allí, al final de la cuarteta, una magnífica hipálage cinestésica, que hace que el adjetivo “redondos” (característica propia de los pechos), se desplace y termine calificando de “redondas” a las canciones. Y hablo de hipálage cinestésica porque allí lo auditivo adquiere una forma para darle a la protagonista una imagen de sensualidad inherente. Lo contradictorio del caso, es que la plenitud física de Soledad, tristemente, no está acompañada de una plenitud vital.


—Soledad: ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?

El segundo momento del poema se abre con la voz poética que interroga a Soledad. Es una voz que no se sabe de dónde viene, que no tiene una imagen física, que no responde a nadie. Esta es una técnica que la podemos ver en algunos romances tradicionales y también en algunos del propio Romancero gitano, como en el de la Muerte de Antoñito el Camborio, por ejemplo. Allí la voz del personaje, recordemos, le llama a su interlocutor Federico García, y el propio Federico García Lorca dirá en la “Conferencia-recital del Romancero Gitano” ya citada, que Antoñito es: “…el único de todo el libro que me llama por mi nombre en el momento de su muerte”. De manera que, si seguimos esa lectura, podríamos interpretar que esa voz incorpórea responde a la del propio poeta. Pero bueno, como sea, lo cierto es que a la voz que dialoga con Soledad la podemos caracterizar como una voz amena, mesurada, consejera, entre otras cosas, pero a ciencia cierta no la podemos identificar como la voz de alguien en particular, porque bien, como dije cuando me referí a la estructura del romance, podría ser la misma voz que abre y cierra el poema, como podría no serlo. Lo cierto es que esa voz va a cambiar la técnica que el poeta venía utilizando en el romance y le va a imprimir un carácter dramático, al comenzar con el diálogo.
En la pregunta que abre el diálogo, la de los únicos dos versos que no forman parte de una cuarteta, encontramos una voz convencional que, desde el principio, va a representar la sensatez. Es una voz que demuestra simpatía y compasión por Soledad, y que se dirige a ella por el hecho de que le llama la atención que la muchacha se encuentre sola, en un lugar tan inhóspito y en una hora tan inapropiada.

—Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona. 

La respuesta de la protagonista no se corresponde con la preocupación de la voz que la interroga. Es una respuesta cargada de rebeldía, de despecho y de orgullo. Lo importante del diálogo dentro del texto, es que es una técnica que permite que Soledad se manifieste. Y lo que se va a establecer es un contraste entre la voz sensata que la interroga y la irreverencia absoluta de la gitana. La voz muestra una gran simpatía hacia Soledad, pero no puede hacer nada por ella, porque ante un requerimiento movido por la inquietud, lo que recibe es una respuesta desafiante y soberbia, de alguien distante, que no está dispuesto a admitir ninguna clase de controles. El contraste, el choque, se va a establecer, porque esa voz amistosa le preguntará a Soledad por lo lógico y la pena de la gitana suele trascender ese terreno. Para ella el andar sola en la noche es lo de menos frente a la pena negra que la atormenta.
La joven gitana no es dueña de sí misma, es la pena la que la posee. No es que esté apenada, ella es la pena misma. Y las redundancias en las respuestas de Soledad, son una muestra de la falta de claridad que tiene y de la necesidad de obtener lo que no puede. Esto la desespera y hace que rechace cualquier tipo de tratamiento amistoso. Por dos veces cae en reiteraciones, cuando dice “pregunte por quien pregunte” y cuando dice “vengo a buscar lo que busco”. La pena la tiene enajenada.  Al decir “vengo a buscar lo que busco” muestra claramente que no ha encontrado lo que busca. No dice vengo de buscar, dice vengo a buscar, esto es una muestra de que la búsqueda sigue. De todas formas, ella dice que viene a buscar su alegría y su persona, señal de que quiere vivir, de que no se da por vencida pese a lo que la atormenta.

—Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.

Frente a la rebeldía de la gitana, la voz poética se muestra compasiva. Sin duda que le interesa la realidad de Soledad y se ve afectada por ella, porque la llama “Soledad de mis pesares”. Y como sufre por lo que le pueda llegar a pasar a la muchacha, la aconseja, le advierte de los peligros que puede llegar a correr si continúa con esa actitud soberbia e irreverente. La advertencia que le hace es que, si no cambia de actitud, lo que le espera es la muerte. Porque el caballo que se desboca termina en la mar y allí es devorado por las olas.
Es muy significativo que la voz poética haya elegido el símbolo del caballo para mostrar la pasión arrebatada de Soledad. El caballo es un símbolo de la pasión, de los instintos irracionales, y el mar es un símbolo de la muerte. Recordemos aquí los famosos versos de Jorge Manrique “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”. Esa voz poética llena de simpatía, de compasión, que representa el equilibrio, la sophrosyne, trata de ayudar a Soledad, pero claro, nada puede hacer, porque la pena negra es algo que escapa al control de esta muchacha y al de cualquier gitano.

—No me recuerdes el mar
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.

Esta cuarteta contiene la reacción de Soledad Montoya a la advertencia hecha por la voz poética con la que está dialogando. Hace referencia explícita al padecimiento de la pena negra. Soledad no quiere que le nombren el mar, porque sabe que su pena nada tiene que ver con el mar, sino que brota de la tierra. El mar es algo opuesto a su pena, a su raíz gitana. Es en las tierras de aceitunas, como las tierras de Jaén (recordemos que este poema se iba a titular en principio “Romance de la pena negra en Jaén”), donde brotan, tanto los olivos, como la pena negra de los gitanos.

—¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.

En esta cuarteta podemos comprobar como la voz poética que habla con Soledad ha ido evolucionando. De la preocupación inicial, pasó a la advertencia y ahora, directamente, a la compasión, que la podemos apreciar en esas exclamaciones repetidas. Esto es lo único que puede hacer, verbalizar su compasión y corroborarnos a nosotros los lectores (o a los escuchas llegado el caso), que la pena que padece la gitana es algo verdaderamente triste, algo lastimoso. Esta es una pena interior y profunda que brota, que emana de Soledad, hasta por el llanto. Es agria, ácida y amarga, de ahí la metáfora “lloras zumo de limón”. Porque lo que llora es todo lo agrio que brota de la pena, y eso es una sustancia muchísimo más amarga que la de unas simples lágrimas. Es una pena agria, por la espera de algo que la aplaque, que la consuele, y también porque no se puede verbalizar, es una pena agria “de espera y de boca”, algo inherente a la condición de gitana de Soledad Montoya.

—¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, carne y ropa.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!

Estas dos cuartetas contienen lo que podríamos llamar el desahogo de Soledad, el parlamento más extenso de la gitana y también su último parlamento. Es como si ante la manifestación de compasión que mostró su interlocutor en la cuarteta anterior, Soledad se sintiera segura para expresar lo que está padeciendo, para exteriorizar su dolor. La pena que siente no le permite actuar con racionalidad sino de forma desequilibrada, como lo expresa en esa comparación, que tiene tanto de lugar común, “como una loca”. Aunque aquí la comparación está reforzada con el verbo “corro”, y esto es positivo, porque ayuda mucho más a mostrar la angustia y el desasosiego que la domina.
De todas maneras, son dos cuartetas con un lenguaje mucho menos metafórico con respecto a lo que veníamos viendo. El desequilibrio emocional de Soledad se ve en la forma de llevar sus trenzas y en sus correrías al interior de su casa. Porque es significativo el hecho de que ni siquiera en su hogar, en su propio ámbito, la abandone la pena. También son muy significativos los lugares de la casa que nombra, porque se trata de dos lugares extremos. Tanto en la alcoba, que es un lugar íntimo (que podría incluso simbolizar el inconsciente), como en la cocina, que es un sitio que denota actividad, elaboración, es perseguida por la pena. O sea que, tanto en la intimidad como en la actividad, Soledad Montoya no puede despojarse de la pena negra.
Esté donde esté no está en paz, y recordemos incluso que viene del monte, de manera que con esto podemos concluir que tanto en su casa como fuera de ella es víctima de la pena. De allí esa metáfora hiperbólica: “Me estoy poniendo/ de azabache carne y ropa”. Porque la pena es algo espiritual, pero termina contagiando, manchando de negro azabache, a la carne e incluso hasta la ropa. Pareciera como si nada de lo que está vinculado a Soledad estuviera libre de la pena. En este mundo mítico-poético de la gitanería creado por García Lorca, Soledad puede oler a sombra, puede llorar zumo de limón y también puede ser víctima de una secreción espiritual inexplicable que tiñe su carne y su ropa del color del luto. 
Los dos últimos versos paralelos del parlamento, los de las interjecciones de la gitana, muestran la angustia de esta ante lo perdido, ante lo contaminado. Comienza haciendo referencia a una prenda íntima, como las camisas de hilo, lo que ya de por sí tiene un vínculo con lo sexual, y enseguida se lamenta por sus muslos de amapola, lo que carga al poema de erotismo y sensualidad. Esos muslos rojos como las amapolas se irán poniendo negros. Uno siente que la plenitud física de esta gitana (recordemos la referencia anterior a los pechos), por culpa de la pena, no se corresponde con una plenitud vital, y es ahí donde radica lo angustioso de su realidad gitana, lo trágico. Ella es la pena misma, por eso dice “me estoy poniendo”. Consciente de esta situación es que la encontramos en el principio del romance en una búsqueda infructuosa, estaba buscando una forma de ser que no fuera pena, eso quería que fuera su persona.

—Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

La voz poética vuelve a aparecer para cerrar este importantísimo momento del romance, con un consejo que tiende a ayudar a Soledad a que mitigue su sufrimiento. Desde su perspectiva racional, y frente a esta mujer que es toda pasión, la voz le aconseja que lave su cuerpo con agua de las alondras. Esto es una metáfora que alude al rocío, que es un agua natural, pura y fría, y que quizá, piensa la voz amistosa, pueda poner fin a la pasión de Soledad.
Lo que parece desconocer la voz poética es que el hallazgo de la paz no depende de la gitana. A mí me resulta muy importante que este momento, el principal del poema, se cierre con el nombre completo: “Soledad Montoya”, por dos cosas. En primer lugar, porque es como si todo lo que se ha dicho anteriormente recayera sobre este nombre y, en segundo lugar, porque el nombre Soledad Montoya queda en el mismo verso que la frase “en paz”, y estos son dos elementos excluyentes. El deseo verdadero, genuino, de la voz, es que la paz llegue a Soledad Montoya, pero la paz y Soledad Montoya no son cosas conciliables.

Tercer momento

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh, pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh, pena de cauce oculto
y madrugada remota!


El romance bien podría haber terminado en la cuarteta anterior y tener solamente dos momentos. Pero esta continuación de ocho versos era algo que se imponía, porque de no hacerse se corría el riesgo de que termináramos asociando la pena negra exclusivamente a Soledad Montoya, y eso no es así; este es un padecimiento común de la cultura gitana. Los cuatro primeros versos de este tercer y último momento del romance traen una cierta distención a un texto que estuvo cargado de dramatismo. La naturaleza y la vida, objetivadas en ese río, siguen corriendo, pero de alguna manera esto contrasta con lo inmodificable de la pena. Todo fluye, el tiempo, la vida, pero la pena permanece.
Con una bella metáfora se nos indica que está apareciendo la aurora de un nuevo día, pero esta luz no servirá para aclarar la vida de Soledad, que seguirá marcada por la pena. Podríamos establecer si quisiéramos hasta un contraste entre la luz del sol del nuevo día y toda la negrura que marca la pena en la vida de Soledad. Pero esta es la “pena de los gitanos”, no sólo la de Soledad. Se trata de una pena en estado puro, que no depende de las circunstancias. No hay manera de compartirla, de que alguien pueda atenuarla, asumirla, acompañarla, es una “Pena limpia y siempre sola”.
Soledad Montoya fue el instrumento utilizado por el poeta para mostrarnos la encarnación de la pena gitana. Una pena que está activa, pero que, como su cauce es oculto no hay manera de encontrarla ni de combatirla. El poema se cierra haciendo referencia al origen remoto y misterioso de un dolor esencial e intransferible, el de la pena negra, la pena de los gitanos.

Artículo publicado en la Revista digital Vadenuevo  https://new.vadenuevo.com.uy. Montevideo, Uruguay. 



viernes, 8 de mayo de 2020

Revista LADO|B|ERLIN

Queridos amigos, el miércoles 6, hace apenas dos días, la “Revista Vadenuevo” (Montevideo, Uruguay), publicó mi más reciente artículo literario, un estudio del romance “La casada infiel”, de Federico García Lorca. Lo recuerdo, porque fue precisamente la temática de ese romance la que me inspiró, hace ya unos años, la escritura del cuento titulado “Flores blancas”, publicado hoy por la revista “Lado Berlín” (Berlín, Alemania). Se trata de un cuento que forma parte del libro “SPAM”, una obra que recibió, en Uruguay, la primera mención en narrativa, en el V CONCURSO LITERARIO DEL ESPACIO MIXTURA en agosto de 2016, y que luego se terminó publicando en Colombia en septiembre de 2017. Me pone muy contento la difusión de este cuento. Los invito a que lo lean. Abrazos.



Fernando Chelle



miércoles, 6 de mayo de 2020

ESTUDIO CRÍTICO Y ANALÍTICO DE LA POESÍA DE FEDERICO GARCÍA LORCA II


Romance de la casada infiel

Segundo análisis literario, del poeta español más conocido y leído de todos los tiempos.

Por Fernando Chelle  

Continuando con los análisis literarios de la poesía de Federico García Lorca, hoy estudiaré su texto poético más conocido, La casada infiel. Es el sexto poema del Romancero gitano (1928) y está dedicado a la escritora cubana Lydia Cabrera, amiga personal de Margarita Xirgu, a quien Federico García Lorca conoció en Madrid. Se cuenta que los familiares de la escritora, en la Habana, cuando leyeron la dedicatoria, no dejaron de escandalizarse por el contenido del texto que Lidia prefería entre los del poeta andaluz, por considerarlo el más impactante.

La Casada infiel

A Lydia Cabrera y a su negrita

creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto 
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.


El tema central del poema es el encuentro sexual (casual) de un gitano con una mujer casada, la noche de Santiago, en un lugar cercano a un río. De alguna manera la temática principal del romance, a la que podríamos sumarle algunos temas secundarios como el del amor, la hombría, el adulterio, ya está resumida en ese título epónimo y emblemático tan diciente, un título que resume y a su vez nos anticipa el contenido lírico narrativo que los lectores vamos a encontrar.
Este poema, como todos los del Romancero gitano, es un romance, una composición poética de versos octosílabos con rima asonante. A diferencia de los otros poemas que componen la obra y de los romances tradicionales, en este texto la rima asonante se encuentra en los versos impares. Hay otra particularidad formal de este romance de 55 versos, y es que el primero de esos versos, en lugar de ser octosílabo, es eneasílabo. Es una obra que está compuesta de dos partes separadas por un asterisco (en la edición original), la primera parte es una estrofa de 19 versos, y la segunda son dos estrofas, una de 28 versos y otra de 8. De alguna manera estas tres partes formales (estas tres estrofas) están vinculadas con la división del discurso lírico narrativo del romance. Porque el primer momento de la estructura interna del poema, el que abarca esa especie de prólogo que suponen los tres primeros versos y luego muestra la salida de la pareja de la ciudad rumbo al río, se encuentra en la primera estrofa, en los primeros 19 versos. La segunda parte de la estructura interna, la de la ceremonia del desnudo y la del encuentro sexual, corresponde con la segunda estrofa. Y finalmente, el tercer momento de la estructura interna del poema, se corresponde con la estrofa de cierre que es donde el gitano reflexiona sobre lo acontecido. Con respecto a la estructuración interna del poema también es notoria la división del material discursivo en cuartetas. Si dejamos de lado los tres primeros versos, veremos que todo el poema tiene una estructura cuaternaria. Y la anomalía de los tres primeros versos responde justamente a que ese comienzo abrupto con la conjunción “Y”, supone la falta de un verso, y esto lleva a que el poema esté acentuado en los versos impares. Pareciera como si García Lorca no solamente hubiera querido comenzar abruptamente su obra, sino que lo que quiso fue presentarla como ya empezada. Esa “Y” con que comienza alude, indudablemente, a algo anterior que los lectores (o escuchas, llegado el caso) desconocemos. Pareciera como si la conjunción fuera lo único que sobrevivió de lo desconocido, y es la que le agrega al primer verso una sílaba más con respecto a los versos restantes.


Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Como ya sucede en el título del poema, estos tres primeros versos, separados como vimos de la estructura cuaternaria de la obra, son un resumen, una síntesis temática y a su vez también una anticipación que realiza la voz poética sobre lo que aconteció aquella noche pretérita a la que se referirá. La conjunción con la que comienza, que alude a algo anterior, de alguna manera también supone la presencia de un oyente, o de algunos oyentes ficticios a quien va dirigida la historia, supone la presencia de un público, de un auditorio, de un receptor inmediato. Otra cosa que ya se anticipa también en estos versos es el carácter netamente machista de la composición. Claro que esto es una apreciación de tipo moral que nada le resta a la belleza estética del poema, pero no deja de ser significativo el tratamiento que se le da a la mujer en la historia. Significativo no sólo por el hecho condenable de que aquí la voluntad femenina parece no tener ningún valor y es el hombre quien toma las decisiones como si la mujer fuera un objeto, sino también porque para la cultura gitana la fidelidad conyugal es un precepto básico, y esto es algo que García Lorca sabía muy bien. El machismo radica también en que el gitano, la voz poética, se presenta como la víctima de la situación, ya que nos dice que él se la llevó al río confundido, “creyendo” una cosa que no era. Aquí la mujer es la que engaña, la que llevada por su interés en mantener una relación sexual oculta a su compañero de ocasión su verdadero estado civil. Aquí el que se “lleva” al río a la mujer como si se tratara de un objeto es el hombre, pero resulta que la transgresora, la que quebranta las normas, es la mujer.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.

La historia contada en el poema tiene lugar un 25 de julio, que es el día de la fiesta patronal de Santiago. En esa noche de calor, de celebración, fue donde las condiciones se dieron para que la pareja protagonista de los hechos se conociera y terminara teniendo una relación íntima en las cercanías de un río. La voz poética, que se corresponde con la del gitano protagonista, que mostrará en el romance su orgullo gitano y su hombría, se encarga de decir, al comienzo de la historia, que el relacionamiento que se dio con la mujer fue “casi por compromiso”. Es importante reflexionar un poco sobre esta frase y preguntarnos; ¿con quién se siente comprometido el hombre?, ¿con ella?, ¿con los posibles amigos que podrían haber estado en el lugar?, ¿con él mismo y su machismo intrínseco que le impide rechazar a una mujer dispuesta a un encuentro pasional? Lo cierto es que en el principio de la historia el gitano parece no estar muy motivado, y esto no se debe al engaño que dice haber sufrido al enterarse de que la mujer era casada, porque en una primera instancia eso era algo que no sabía. Lo que hay aquí, en este mundo machista del romance, es una interacción problemática de los sexos. Porque sea con quien sea el “compromiso” que siente el gitano, lo cierto es que se va a ir con la mujer “se la va a llevar”, para usar sus palabras, obligado por una situación puntual. Podríamos pensar que aquí, sería muy válido hacerlo, fue la mujer la que comenzó la seducción, la que se empoderó en el relacionamiento social y emotivo, incluso, podríamos pensar que fue la mujer la que propuso la escapada pasional. Porque si bien miramos parece hasta contradictorio el hecho de que el gitano diga “me la llevé al río”, pero después aclare que fue “casi por compromiso”. Pareciera como si la voz poética no quisiera mostrar debilidad frente a sus pares, frente a quienes está contando la historia, y debe dejar en claro que fue él el que manejó la situación, quien cumplió como hombre con lo que estaba obligado frente a una mujer. Es su orgullo de macho lo que le impide un posible rechazo, es su honor el que no le permite cederle el poder a la mujer, ni mucho menos darle de que hablar en un futuro, por eso es por lo que dice “casi por compromiso”.
Las circunstancias de la fiesta nosotros las desconocemos, pero, como lectores activos, debemos de imaginarlas. Seguramente se miraron, conversaron, quizás bailaron, en fin. Lo que sí nos dice el texto, a través de imágenes bellísimas es que la pareja decide abandonar el lugar en donde se encontraba la gente reunida. Mediante una antítesis cinestésica la voz lírica sugiere el alejamiento de la pareja de ese sitio urbano, donde se encontraban, hacia un sitio más natural: “Se apagaron los faroles /y se encendieron los grillos”. Con esta combinación de imágenes visuales y acústicas el poeta comienza a mostrar el alejamiento de la pareja del lugar, donde la luz de los faroles, símbolo de lo civilizado, de lo artificial, va quedando atrás, se va apagando, para dejar lugar al sonido de los grillos, símbolo de lo natural, de un mundo que se está por conquistar. Es muy afortunado y significativo que el poeta haya elegido encender los grillos, en lugar de las estrellas, lo que parecería más lógico. Porque de esta forma, con la sinestesia (ya que los grillos encienden lo acústico no lo visual) el texto gana en lirismo y también en simbología, ya que el canto de los grillos está vinculado a un llamado sexual de estos insectos. Pero quizá lo fundamental de esta antítesis cinestésica de faroles y grillos, es que es como una puerta, como una cortina que separa a los personajes del mundo ordenado de la festividad social y religiosa y los conduce al que será el escenario natural de la pasión amorosa.

En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto 
como ramos de jacintos.

“En las últimas esquinas”, o sea, cuando ya están completamente solos, cada vez más lejos de la festividad y en medio de la oscuridad, es donde comienza el contacto físico y la excitación mutua. Por medio de una sugestiva comparación el poeta describe el despertar de los pechos de la gitana como si se tratara de un ramo de jacintos. La excitación de la joven es como una ofrenda exuberante y perfumada de la naturaleza para las manos del gitano. El tacto hizo que se despertara el deseo, la excitación, y los pechos, en principio dormidos, se abrieron de forma análoga a como se encendieron los grillos.

El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.

A la sensación táctil y olfativa se le suma una imagen auditiva correspondiente al sonido que produce el almidón de la enagua de la gitana al ser tocado pasionalmente por el hombre. Son acciones que van mostrando como la excitación va creciendo, y hasta cierto grado de violencia consentida podemos ver en esos dedos desesperados, anhelantes, del gitano, metaforizados como cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

En estos cuatro versos con que se cierra la primera parte del poema, la voz poética vuelve a centrar su mirada en el entorno y aparecen nuevamente las imágenes visuales y auditivas. El ambiente es el ideal para la intimidad. La noche es oscura y esos árboles que parecen crecer hasta el cielo como símbolos fálicos ni siquiera están iluminados por la luna, la que tan bella y metafóricamente está aludida como “luz de plata”. La metáfora que remite al ladrido de los perros es magnífica, porque el horizonte, que indudablemente implica lejanía es una marca visual, y aquí en cambio la lejanía tiene una marca auditiva, la del ladrido de los perros. Esto es una muestra de que, definitivamente, ellos ya se encuentran en el lugar propicio para dar rienda suelta a la pasión. Los perros están donde está la gente, en la ciudad, y ellos ya están completamente solos, en una noche oscura, cubiertos y protegidos por una naturaleza cómplice. Un aspecto muy importante en que debemos reparar en estos cuatro versos es en el cambio de los tiempos verbales, algo que veremos en el segundo momento, donde se utilizarán, como una forma de acercarnos la acción contada, los verbos en presente.


Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.

Esta segunda parte del poema, que tendrá como centro de interés el encuentro sexual de la pareja comienza haciendo referencia al acto de elección y preparación del lugar propicio para el amor. Hay elementos de la naturaleza que deben sortear, como las zarzamoras, juncos y espinos, pero que a su vez los ayudarán a camuflarse, ya que ingresan a un lugar más impenetrable y seguro. Allí, es donde improvisan un lecho natural, sobre el mismo limo de las márgenes del río. Ya ha quedado atrás definitivamente el mundo civilizado, y aquí los amantes se mimetizan con el ambiente natural y agreste que los rodea. El pelo de la mujer es tan salvaje como una de esas matas que están alrededor de ese hueco barroso que ha dejado el peso de sus cuerpos.

Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.

Al principio del texto, cuando el gitano refirió que su manera de actuar había sido “casi por compromiso”, yo me permití especular sobre el hecho de que quizás había sido la mujer la que comenzó la seducción, e incluso la que propuso la escapada pasional. Recuerdo esto aquí para que reparemos ahora en la forma de actuar de esta mujer llegada la ocasión de la relación sexual. Porque en ningún momento la vemos con una actitud sumisa o pasiva. Todo lo contrario, aquí ya no necesita las manos del gitano para que se despierten sus deseos, es ella misma la que se quita la ropa, y hay una paridad en las acciones realizadas por la pareja. A través de versos paralelos la voz poética del gitano nos cuenta la ceremonia de como ambos se van despojando de esas vestimentas que pertenecen a ese mundo que quedó atrás, lejos del río, donde ladran los perros. 

Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.

En estos versos que encierran la contemplación de la belleza del cuerpo desnudo de la gitana los verbos se encuentran en presente. Es un tiempo verbal que nos acerca el disfrute visual del gitano. Estos son versos que detienen el ritmo de la narración para darle importancia a la contemplación. La descripción poética es sumamente sensual y está compuesta de imágenes táctiles y visuales. La belleza de la gitana es hiperbólica, ya que ni los elementos más hermosos de la naturaleza, como las flores y las caracolas podrían comparársele y, ni los cristales bañados por la luz de la luna podrían llegar a resplandecer como lo hace ella en medio de la oscuridad.

Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.

Nuevamente el ritmo narrativo del poema comienza a acelerarse y a fluir como los muslos de la mujer en las manos del gitano. Estamos aquí en medio del acto sexual y las piernas femeninas son comparadas con escurridizos peces sorprendidos. Esta es otra magnífica y afortunada imagen tomada de la naturaleza, de gran belleza plástica y sensorial. Hay una analogía muy marcada entre la forma de los muslos y la de algunos peces. Además, está implícita la movilidad en la comparación, porque esos peces están vivos, sorprendidos. Esa vida está marcada no sólo en el movimiento de esos peces sorprendidos, sino en la temperatura que ellos irradian, ya que están “la mitad llenos de lumbre”, la parte más cercana al sexo y “la mitad llenos de frío” la más lejana, la que se apoya sobre el limo.

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

Estos cuatro versos son el resumen, la conclusión de lo vivido esa noche pretérita por parte del gitano en aquel casual encuentro sexual. Metafóricamente, la mujer es aludida como una “potra de nácar”, un hallazgo poético magnífico. El caballo en la poesía lorquiana funciona como un símbolo de libertad y de vitalidad, y estos son los aspectos más característicos de esta mujer libre, natural, llena de vida y de belleza. Pero esta potra fusionada con la naturaleza tiene un carácter casi anfibio, porque es de nácar. Estos elementos reúnen en una sola imagen la pasión, la tersura y la luminosidad de la mujer, elemento este último que la voz poética ya había referido de forma magistral cuando dijo que ni los cristales con luna llegan a irradiar el brillo de aquel cuerpo en la oscuridad. Pero hay otro elemento todavía que contribuye a darle un carácter aún más salvaje al encuentro sexual. Esa potra de nácar estaba despojada de elementos de control, de domesticación, de manejo, estaba “sin bridas y sin estribos”, lo que nos lleva a pensar que allí todo debió ser pasión y desenfreno.

No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.

Este es un instante reflexivo de la voz poética que parece querer decirle a su audiencia, a sus posibles receptores inmediatos, que él podría contarles (contarnos) las cosas increíbles que le dijo a solas aquella mujer, pero no lo hará, porque de hacerlo estaría transgrediendo su código de hombría, de caballerosidad. Las palabras del gitano sin duda sugieren la absoluta falta de pudor en las palabras de la mujer, una libertad que a esta altura del romance y después de lo que se nos ha contado no debería sorprendernos. De todas maneras, yo siento esta confesión como impostada, como una falsa discreción de alguien que no hace más que seguir alardeando, aunque ahora de forma soterrada, de su accionar machista, varonil. Porque si realmente lo que le interesa es no deshonrar a la mujer, directamente no hubiera referido la historia y listo.

Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

En esta última estrofa del segundo momento del romance el ritmo narrativo comienza a enlentecerse, mientras los amantes abandonan las márgenes del río. En las palabras del gitano ya se desprende el hecho de que supo, de que se enteró, o quizá mejor, de que comprobó, que aquella mujer no era una mozuela. Por esta razón habla de la suciedad de la mujer, una suciedad que no es sólo física, la que se explicaría por las condiciones del lugar, sino también moral, porque ella por un lado le fue infiel a su marido y por otro lado también lo engañó a él, su pareja ocasional. De manera que la arena es una suciedad física, pero los besos son una mancha en la honorabilidad para una mujer casada con otro hombre. La naturaleza, siempre cómplice y empática con las situaciones vividas, parece hacerse eco de la decepción del gitano y mostrar su enojo en ese entrechocar de los lirios con el aire.

Tercer momento

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

En el final del poema vemos que el gitano se siente orgulloso de si mismo, de su sexo y de su etnia. Como hombre ha cumplido sexualmente con la mujer, aunque la decisión de ir con ella al río haya sido, como lo declaró “casi por compromiso”. Pero lo cierto es que allí la pasó muy bien, porque otra cosa que declaró fue que con ella corrió “el mejor de los caminos”. De todas maneras, como gitano legítimo, y de forma racional, decide no sólo no enamorarse de aquella joven mujer que lo engañó, sino también regalarle un costurero, o sea, darle una compensación material por lo vivido. Esta acción, que supone un encuentro posterior con la mujer no referido en el poema, supone también un cambio de categoría aún más degradante para ella, porque pasa de ser considerada promiscua, libidinosa o adúltera, como se la califica desde el título del romance, a ser tratada como una prostituta que recibe un pago por sus servicios.  Es muy significativo el regalo que le hace, porque un costurero es un objeto que está vinculado a las tareas domésticas femeninas y es un símbolo maternal. Es como si con ese regalo el gitano le estuviera sugiriendo a la mujer que se dedique mejor a su rol de esposa, a su casa y a su familia, antes de seguir teniendo aventuras amorosas con extraños. 
Todo el poema está atravesado por el código de honor del gitano. Él toma las decisiones según los valores que considera legítimos. Y claro, muchos de esos valores podrán ser discutibles desde la moral de los receptores. Habrá quién se pregunte por qué nada se dijo en el poema del estado civil del protagonista y únicamente se reparó en el de la mujer. Habrá quienes se preguntarán por qué el hombre decidió regalarle un costurero y no seguir manteniendo una relación adúltera, si el encuentro fue tan maravilloso. Lo cierto es que el peso de la cultura machista del gitano es más poderoso que sus sentimientos, y esto es algo que lo lleva a terminar esa relación.
Al margen de cualquier tipo de consideración moral, lo que no tiene discusión es que “La casada infiel” es un poema bellísimo desde el punto de vista estético. Hay un tratamiento magistral por parte del autor de los procedimientos retóricos, hermosas metáforas y comparaciones con elementos que abarcan todos los sentidos. Es un poema donde el trasfondo de sensualismo, seducción, erotismo y sexualidad del texto está no sólo en la temática, sino también en el lenguaje con que se expresa.

 Artículo publicado en la Revista digital Vadenuevo  https://new.vadenuevo.com.uy. Montevideo, Uruguay. 

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