miércoles, 9 de enero de 2019

ESTUDIO CRÍTICO Y ANALÍTICO DE LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO II


Yo voy soñando caminos…

Segundo análisis literario, de una serie de seis, del gran poeta del tiempo.

Por Fernando Chelle  

Continuando con los análisis literarios de la poesía de Antonio Machado, hoy estudiaré otro de los textos más significativos del poeta sevillano, o quizá, mejor dicho, del poeta nacido en Sevilla, porque como se encarga de decir el propio autor en su autobiografía “Desde los ocho a los treinta y dos años he vivido en Madrid…”. Yo voy soñando caminos…, el poema XI, fue publicado inicialmente en la revista Ateneo, en el año 1906, con el título de “Ensueños”. En 1907, Antonio Machado, publicó su segundo libro titulado Soledades, galerías y otros poemas, una obra que recoge en gran parte el libro de 1903 y a su vez agrega otros textos, y este es el caso del poema que nos ocupa, ya que pertenece al libro de 1907.  

XI

de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...

Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
—La tarde cayendo está—,

la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón."

se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

"Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada."


Este poema de Antonio Machado está compuesto por veinticuatro versos octosílabos (versos de arte menor), divididos en seis estrofas de cuatro versos cada una. Tres cuartetas y tres redondillas, distribuidas de la siguiente forma: cuarteta, redondilla, cuarteta, cuarteta, redondilla, cuarteta. Se trata de estrofas muy similares, incluso algunos tratadistas del Siglo de Oro llamaron redondilla a la cuarteta y esto hoy nos podría llevar a la confusión. En ambos casos se trata de estrofas de cuatro versos de arte menor con rima consonante. Lo que las diferencia es la distribución de la rima, mientras que la cuarteta se distribuye de forma alternada (8a 8b 8a 8b), la redondilla lo hace de forma abrazada (8a 8b 8b 8a). Si bien son estrofas que se conocen en España desde el siglo XIV, fundamentalmente la redondilla, que la utilizó López de Ayala y también el Arcipreste de Hita en sus “Cantica de loores de Santa María”, tienen su época de esplendor en el barroco. Conocida es la recomendación de Lope de Vega en su “Arte nuevo de hacer comedias”

“son los tercetos para cosas graves,
y para las de amor las redondillas”.

Volviendo a la poesía que nos ocupa, y deteniéndonos ahora en su estructura interna, vemos que está directamente vinculada con la parte formal del poema, con la estructura externa. Es un texto que podríamos dividir en dos momentos, el que corresponde a las tres primeras estrofas y el que abarca a las tres últimas, de manera que ambos momentos presentan la misma disposición estrófica (cuarteta, redondilla, cuarteta). El primer momento del poema es el que se corresponde a esa caminata, como indiqué, más soñada que vivida, donde el yo lírico proyecta su sentir. Este apartado se cierra con la estrofa que parece evocar una canción popular, la que está inspirada en los versos de Rosalía de Castro, que se refieren a cómo un amante consigue desprenderse de un dolor amoroso, pero eso le provoca la pérdida total de sus sentimientos. El segundo momento muestra una naturaleza que, al igual que el alma del poeta, se vuelve sombría hasta desvanecerse. El poema se cierra con una estrofa que retoma la temática de la poesía de la autora de “Cantares gallegos”, donde el yo lírico vuelve a cantar unos versos que expresan un lamento por la pérdida del amor, y a su vez, la añoranza de lo perdido y el deseo de recuperarlo.


Primera estrofa

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...

Comienza el poema con una afirmación “Yo voy soñando caminos”. Se trata de caminos simbólicos, donde el soñar tiene que ver con una transfiguración lírica de un paisaje interior, no con un camino exterior concreto, reconocible. Es muy importante el encabalgamiento que se da entre el primer y el segundo verso, porque el impulso con que comienza el poema termina en la palabra “tarde”. Antonio Machado es un poeta de la tarde, siempre prefiere objetivar sus sentimientos en esta etapa del día, donde la mañana, el medio día, lo más pleno de la jornada ya ha pasado y lo que resta es un transcurso hacia el ocaso. Eso nos da la sensación de que el yo lírico va caminando en una ensoñación, pero repito, más allá del ámbito externo al que se pueda referir, el verdadero paisaje es el de su mundo interior, lo que hay en el poema es una correlación entre el mundo interior del poeta y el mundo exterior al que se refiere. Esa ensoñación, donde los planos de lo temporal y lo espacial se funden en una misma evocación, parece ocurrir en cámara lenta, a pesar de que formalmente el poeta hace uso del verso octosílabo, que suele ser un verso ágil. Esa lentitud es acorde con el estado anímico del poeta, que va a ir enumerando los elementos propios de un paisaje que conoce y que se encarga de adjetivar de forma significativa. Los dos primeros elementos de la naturaleza enumerados, las colinas y los pinos, están adjetivados, si se quiere, de forma positiva, crean un clima bucólico y nos dan una sensación de vida, las colinas son “doradas”, los pinos están “verdes”. En cambio, en el tercer elemento de la naturaleza adjetivado, las encinas, ya hay un cambio de tono, porque son calificadas como “polvorientas”. Esta palabra, que muestra el verdadero estado anímico del poeta, sugiere el deterioro que implica el inexorable paso del tiempo, y le da al texto un tono melancólico.

Segunda estrofa

¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
—La tarde cayendo está—,

En la primera estrofa de este poema, uno tiene la sensación, quizá por la afirmación con que comienza el yo lírico, que esos caminos interiores del ensueño siempre van hacia adelante. Pero ahora, después de haber enumerado elementos de un paisaje que le es familiar y que funciona como un correlato de su interior, aparece una pregunta que refleja una inquietud espiritual: “¿Adónde el camino irá? Aquí ya no hay certezas del yo lírico, ni tampoco las tenemos los lectores, de hacia dónde se dirige ese camino. Si en la primera estrofa había una sensación de progreso, de avance, aquí lo que nos embarga es una verdadera sensación de misterio, donde podemos sentir la inquietud del yo lírico. Además, en la pregunta con que se abre la segunda estrofa hay otro cambio significativo con respecto a la afirmación de la primera, porque aquí no se nos habla de “caminos”, sino de “camino”, en singular. Este camino, que remite al camino de la vida, evidentemente hacia algún lado va, pero el poeta lo desconoce. Claro que también esta pregunta podría hacer referencia a esos caminos interiores de la primera estrofa, donde el poeta se estaría preguntando adónde lo va a llevar tanta ensoñación, pero yo prefiero pensar que se trata aquí del camino de la vida. La pregunta parece detener la ensoñación de la primera estrofa y plantear una incertidumbre vital y también espiritual que va incluso más allá del verso y de la misma pregunta.
El segundo verso de esta estrofa es casi una duplicación del verso con que se abre el poema. Hay, en cambio, una variante fundamental, el poeta ya no va “soñando”, sino “cantando”. El cantar muestra más lo exterior, hay como un salir del poeta de su ensimismamiento para expresar su sentir. Se refiere a él mismo como “viajero”, como un ser en tránsito, en continuo desplazamiento, un ser que parece no tener lugar de pertenencia. La afirmación contundente con que se cierra la estrofa, que además aparece después de unos puntos suspensivos y encerrada entre guiones para darle todavía más importancia a la comprobación, sugiere que el camino está llegando al final. Es significativo que “irá” rime con “está” porque lo que hace la rima es resaltar un contraste. La estrofa se abre con una pregunta y se cierra con una comprobación que no responde a la pregunta. El poeta sigue sin saber con certeza hacia dónde el camino irá, de lo que sí está seguro es de que pronto llegará a su fin. La emoción del yo lírico ha ido creciendo, se ha ido intensificando hasta concluir, de forma lúcida, que la tarde está cayendo.

Tercera estrofa

"En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón."

En esta estrofa llegamos al núcleo de la vivencia. Tuvieron que transcurrir ocho versos para que el poeta pudiera expresar lo que lo inquieta, lo que lo angustia. Hay un cambio de tono, una ruptura con la ensoñación de las primeras estrofas para dar paso a lo que parece ser una especie de copla popular, no solo por el tono del discurso poético, sino porque el poeta elige encerrar estos versos entre comillas, como si fueran una cita de un canto que no le pertenece, pero que decide utilizar. Esto le da a su confesión personal un tono universal, ya que cualquiera se podría apropiar de esos versos, simplemente por haber experimentado vivencias similares. La metáfora de la espina de una pasión alude, indudablemente, a una relación amorosa. El recuerdo de esa relación, le generaba un dolor comparable al que le generaría tener clavada una espina, pero resulta que cuando logró liberarse de esa espina, despojarse de ese dolor, perdió por completo el sentir, fue como dejar de ser. Eliminar ese dolor del corazón, generado por el recuerdo de lo que un día fue, no supuso la calma para este yo lírico, supuso más bien la caída en una abulia existencial

Segundo momento

Cuarta estrofa

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

En el segundo momento del poema vuelve a aparecer la naturaleza y se manifiesta en consecuencia con el alma del poeta. Como ya señalé al comienzo de este análisis literario, el paisaje exterior es una transfiguración lírica de un paisaje interior, de un estado anímico, existencial. De manera que lo que comienza a describirse ahora es una consecuencia de lo que se expresó en la estrofa anterior. El ritmo del poema se enlentece más todavía. Encontramos pausas en medio de los versos tendientes a resaltar lo esencial, lo que se quiere mostrar. Si miramos con atención veremos que no hay nada en la primera parte de la estrofa que indique agilidad, incluso, el único verbo conjugado “queda” tampoco implica movimiento. Al final de la estrofa el poeta introduce una nota auditiva, el sonido del viento entre los álamos del río, que incluso contribuye más todavía a dar esa sensación de melancolía, de soledad. Salvo el poeta, no hay elementos humanos en este paisaje. La vida aquí está en la naturaleza y sigue su curso, en el viento, en el río, pero no en el poeta, que ya no siente el corazón.

Quinta estrofa

La tarde más se obscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

Esta parece ser la estrofa más objetiva del poema, porque lo que encontramos en ella es una descripción dinámica del paisaje, compuesta prácticamente con verbos. De todas formas, esas referencias a un mundo aparentemente objetivo siguen teniendo como función poner de manifiesto el estado anímico de un yo lírico que no aparece en la estrofa. Esta desaparición es un indicio claro de su impotencia para seguir soñando caminos. Es una estrofa donde se sintetizan, se vinculan intrínsecamente, los dos motivos que han caracterizado al poema, la tarde y el camino. El oscurecimiento de la tarde conlleva la desaparición del camino, que se va perdiendo de forma gradual; primero blanquea, luego se enturbia y finalmente desaparece. La correspondencia entre el paisaje exterior y el estado del alma del poeta nos lleva a interpretar, en la caída de la tarde, el acabamiento, la finalización de una vida. El camino desaparece porque el poeta, que ya no siente el corazón, ha dejado de soñarlo. Machado eligió dejar por fuera al yo lírico en esta estrofa para hacer sentir su muerte en vida, no para nombrarla, pero sí para sugerirla. Utiliza el polisíndeton, para dar la sensación de acumulación de elementos negativos, donde los motivos del poema finalmente desaparecen, ya no hay tarde ni tampoco camino.

Sexta estrofa

Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada."

La estrofa final retoma la cita de lo que parece ser una copla popular, versos que, como expresé en la presentación de este poema machadiano, sin duda están inspirados en el poema “Una vez tuve un clavo”, de la gran poeta gallega Rosalía de Castro. Es significativo reparar en una diferencia que se presenta en esta estrofa con respecto a la copla cantada, porque no es lo mismo decir “yo voy cantando” que “Mi cantar”. En esta estrofa final el sujeto es el cantar, independizado de la voluntad del yo. Es como si ese canto lastimero desbordara la angustia del yo y pasara a tener vida propia. Hay algo significativo en la referencia a la espina, más allá del pleonasmo de calificarla como aguda, y es el color. El hecho de que la espina sea dorada es una muestra de la presencia de la luz en medio del dolor. En la idealización de ese recuerdo, la espina tiene un color que sugiere, no solo vida, sino plenitud. En los dos versos finales encontramos el deseo del poeta, volver a sentir el dolor de esa pasión, porque al menos mientras pudo sufrir se sintió vivo. Quizá hubiera sido bueno que, en lugar de aspirar a algo de antemano irrealizable, el yo lírico se abriera a la posibilidad de una nueva pasión, pero eso no sucede, porque ha perdido la energía para volver a soñar, el vacío en el alma que le dejó aquella pasión supuso para él la muerte en vida, el ya no ser.  




jueves, 27 de diciembre de 2018

Poesía: Diagonal Santander


(Poema tomado del libro Las flores del tiempo)



Diagonal Santander

Voy a escribir el poema
que no pude escribir cuando quise escribirlo,
sentado en un café, con mi revista impresa,
anacrónica, intempestiva, mirando la avenida.
No lo pude hacer, ante el rostro múltiple y fastidiado del calor,
desde ese sitio aireado y panorámico.
Una sombrilla roja como un fruto de sangre
me recordó la costa
un cartel llamando a la barbarie
de no sé qué corrida me recordó a Macondo
a mi espera cataquera, resistente a la sangre,
debajo de unas gradas 
donde se apretujaban los Buendía
y los poetas
que no son como yo.
No lo pude escribir
rodeado de murmullos
sonidos electrónicos
y caras satisfechas de café granizado.

Ahora, no recuerdo el poema
que no pude escribir cuando quise escribirlo.
Quizás viva fragmentado en textos posteriores
en versos escritos sin la impertinencia vital y literaria
sin la interrupción de la sangre violentada.
No lo recuerdo y duele
eran versos de amor.

Fernando Chelle


Editorial:
 CreateSpace Plataforma Independent Publishing; 1 edición (20 de febrero de 2018)
·         ISBN-10: 1985749335
·         ISBN-13: 978-1985749337

Las flores del tiempo (Colombia 2018). 
Edición en papel: adquirir  aquí
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Pintura: Mesa de café con hombre leyendo (1940), de Joaquín Torres García.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Poesía: Murga


(Poema tomado del libro Las flores del tiempo)



Murga

Sobre el tablado se teje un arcoíris con hilos de ilusión,
la madera soporta el mítico sueño de la gran bacanal,
el eco de una pequeña tierra retumba desde un bombo
y los discos de oro, estallan en sonido y en luz
imantando al pueblo, que redobla y goza, su marcha camión.
Ritual de Momo
fiesta de las mascaradas,
retazos artísticos como el traje del Pierrot
se conjugan para parir himnos populares
cantos de los barrios
murmullos de las esquinas
coros de los pueblos
voces de libertad.

Fernando Chelle


Editorial:
 CreateSpace Plataforma Independent Publishing; 1 edición (20 de febrero de 2018)
·         ISBN-10: 1985749335
·         ISBN-13: 978-1985749337

Las flores del tiempo (Colombia 2018). 
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Pintura: Murga Contrafarsa (2000), de Ana Baxter.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Poesía: Candombe


(Poema tomado del libro Las flores del tiempo)



Candombe

El grito pretérito del tambor
es un gerundio en las paredes del barrio.
Es la llamada antigua del despojado
que repica su sangre en los gastados cueros.
El fuego eterno ondula y pinta en las paredes
soles, lunas y estrellas que se desdibujan
en un sueño de sombra y madera.
El río de la comparsa de negros y lubolos
que corre sin obstáculos por Isla de Flores
nunca es el mismo, lo sé,
porque fui parte de su caudal.
Fernando Chelle


Editorial:
 CreateSpace Plataforma Independent Publishing; 1 edición (20 de febrero de 2018)
·         ISBN-10: 1985749335
·         ISBN-13: 978-1985749337

Las flores del tiempo (Colombia 2018). 
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Pintura: Candombe (1921), de Pedro Figari.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Poesía: Del mismo barro


(Poema tomado del libro Las flores del tiempo)



Del mismo barro

A la memoria del pintor Carlos Federico Sáez 1878 – 1901

Un 14 de noviembre,
noventaiocho años antes
de mi 14 de noviembre
naciste allí, igual que yo,
a orillas del Hum,
en la ciudad coqueta
del pequeño país.
Hoy estoy lejos de allí
como lo estuviste tú
y te recuerdo.
Las cosas de la vida, Federico,
tú pintando a la sombra del Coliseo
y yo escribiendo desde esta muralla centenaria,
otros tiempos y otros espacios
para dos llamas de diferentes tiempos
encendidas en el mismo espacio.
Qué lindo sería manipular estos conceptos
 y encontrarnos de pronto
en un fantástico bar de cualquier país,
porque nuestra conversación, nuestro diálogo,
nuestro vino compartido, sabría igual en cualquier lugar,
porque la geografía se reduciría a alguna mesa de madera. 
Vernos por ejemplo en 1950,
un año sin nosotros,
sin un hombre
que cincuentaisiete años antes
se retrató con una flor en el ojal
y sin un hombre
que sesentaicinco años después
escribió sobre una muralla
hecha a punta de dolor ajeno.
Hablar de mi futura poesía
y de tu pasada pintura
de tus escasos y nerviosos trazos
y de mis pequeños poemas surrealistas.
Quizá te sirva para pintar
tu “cabeza de viejo”
y yo te use para escribir
y crear,
“del mismo barro”
ese que es fruto
de la tierra antigua
y del Río Negro
que sin ser el mismo nunca,
siempre será nuestro.
Fernando Chelle


Editorial:
 CreateSpace Plataforma Independent Publishing; 1 edición (20 de febrero de 2018)
·         ISBN-10: 1985749335
·         ISBN-13: 978-1985749337

Las flores del tiempo (Colombia 2018). 
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Pintura: Autorretrato (1893), de Carlos Federico Sáez.