Carlos Gardel y la consagración del tango canción
Fernando Chelle Pujolar
Prólogo del autor
La sombra del paraíso y la voz del
Mago
Cuando
era niño, en las calles de Mercedes, el tango no era aún para mí una música de
la nostalgia sino una lengua secreta. En sus letras intuía un mundo que dolía y
brillaba al mismo tiempo, un mundo que me hablaba con la voz de una ciudad rota
y altiva. Con el tiempo, el tango dejó de ser solo una emoción y se volvió
también una pregunta: ¿cuándo comenzó a decir lo que dice? ¿Quién fue el
primero que le puso palabras a ese lamento del bandoneón?
Este
libro nace de esas preguntas. Y de una certeza: la figura de Carlos Gardel no
solo es central, sino fundacional. Su voz, esa que “cada día canta mejor”, no
fue simplemente la más afinada, la más reconocible, la más entrañable: fue
también la que consagró un modo de sentir, de escribir y de cantar el Río de la
Plata. Gardel no inventó el tango canción, pero sin él no habría alcanzado la
plenitud que lo convirtió en arte.
Por
eso decidí construir este libro en torno a su figura, no como un mero homenaje
sino como un intento de comprensión. La obra está dividida en tres partes que
responden a una lógica temporal, pero también poética. En la primera parte,
rastreo los orígenes de la palabra en el tango. Allí están los payadores, esos
trovadores criollos que fueron sembrando versos en milongas y estilos antes de
que el género tuviera nombre o gramática. Ángel Villoldo, Arturo de Nava y
tantos otros dejaron una herencia que Gardel supo escuchar y continuar.
En
la segunda parte, me detengo en la figura de Gardel, no solo como cantor sino
como hombre marcado por un origen tan silenciado como innegable. Nacido en
Tacuarembó, hijo de un secreto familiar y de una historia que se escribió a
contrapelo del relato oficial, Gardel construyó una identidad con voz,
documentos y silencios. Es allí donde mi ensayo toma posición, con argumentos
documentales y literarios, frente a un debate que no es solo histórico, sino
simbólico.
Finalmente,
en la tercera parte, me dedico a analizar las letras de algunos de los más
grandes poetas del tango canción cuyas obras fueron cantadas por Gardel:
Pascual Contursi, Celedonio Flores y Alfredo Le Pera. En sus textos encuentro
no solo el pulso de una época, sino también una ética del decir que Gardel supo
interpretar como nadie. Contursi transforma la pena en confesión; Flores, la
calle en poema; y Le Pera, el cine en melodía.
Este
libro no pretende clausurar ninguna discusión. Todo lo contrario: quiere abrir
otras. Quiere ser una lectura apasionada —pero rigurosa— sobre la evolución del
tango desde sus balbuceos criollos hasta su consagración en la voz de un hombre
que supo, como pocos, convertir el dolor en belleza. Si algo me guía, es la
fidelidad a esa belleza y a la memoria de quienes la hicieron posible.
También
el libro pretende ser una muestra de gratitud a mi abuelo materno, Jorge
Eusebio Pujolar, a quien le debo el gusto por el tango. Lo recuerdo, como si
fuera hoy, sentado bajo el árbol de paraíso, en el barrio Cerro, tomando mate y
escuchando tangos en su radio a transistor. Desde aquel pequeño aparato salían
frases que marcaron mi infancia: “AM 580 Clarín, transmitiendo música típica y
folclórica para la cuenca del Plata”... ; “Gardel, folclore, candombe, asado de
tira, fútbol, tortas fritas cuando llueve, boliche, truco con muestra, mate y
termo, Clarín clavada en el dial ¡qué lindo es ser oriental!”...; “CX 58 Clarín
AM 580, con más de un millón de grabaciones de Gardel irradiadas, seguirá
entregando a todas las horas pares la emoción de su voz incomparable”...; “Negra,
bajá un poco la comedia y aprontá el mate que se viene El Mago en Clarín… Ahora
el programa más escuchado del dial uruguayo, como a todas las horas pares, en
Clarín, canta Carlos Gardel”.
En
esas transmisiones radiales —parte de la mitología doméstica de varias
generaciones—, Gardel no era un personaje histórico: era una presencia viva. Y
quizás por eso, por esa intensidad con que su voz se me impuso desde niño,
siento hoy que este libro es también una forma de regresar.
Pero
no será el único. Esta obra forma parte de un proyecto más amplio que me
propongo desarrollar: un estudio literario de los grandes poetas del tango. En
ese trabajo mayor —que tendrá continuidad en otro volumen—, analizaré a
aquellos letristas que pertenecen a una época posterior a la existencia de
Gardel, como Cátulo Castillo, Enrique Cadícamo, Homero Expósito, Homero Manzi y
Horacio Ferrer. Poetas que, como sus predecesores, supieron convertir el dolor
en ritmo, y la pena en belleza.
Si
hoy escribo estas páginas, es también por ese niño que fui, que escuchaba
tangos sin entenderlos del todo, y que alguna vez —sin saberlo— empezó a
escucharse en ellos.
Fernando Chelle Pujolar
San
José de Cúcuta, 2025

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