miércoles, 19 de junio de 2019

XI ENCUENTRO DE POESÍA Y CUENTO, PREMIO JOSÉ CARLOS CAPPARELLI


Mención a la mejor poesía en italiano en el XI ENCUENTRO DE POESÍA Y CUENTO, PREMIO JOSÉ CARLOS CAPPARELLI, organizado por la Asociación Siciliana de Buenos Aires, Argentina (junio, 2019).


Fernando Chelle


IX CERTAMEN LITERARIO RICARDO LEÓN


Finalista del IX CERTAMEN LITERARIO RICARDO LEÓN (categoría poesía), organizado por el Ayuntamiento de Galapagar, España (junio, 2019).


Fernando Chelle


lunes, 10 de junio de 2019

ESTUDIO CRÍTICO Y ANALÍTICO DE LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO VI


(Huye del triste amor…)

Sexto análisis literario, de una serie de seis, del gran poeta del tiempo.

Por Fernando Chelle  

Del libro de Antonio Machado Nuevas Canciones, obra publicada por la editorial Mundo Latino en la ciudad de Madrid en 1924, estudiaré, para finalizar con los análisis literarios del poeta del tiempo, el “Soneto V”, texto conocido, en general, por su primer verso “Huye del triste amor, amor pacato”.

Soneto V

sin peligro, sin venda ni aventura,
que espera del amor prenda segura,
porque en amor locura es lo sensato.

Ese que el pecho esquiva al niño ciego
y blasfemó del fuego de la vida,
de una brasa pensada, y no encendida,
quiere ceniza que le guarde el fuego.

cuando descubra el torpe desvarío
que pendía, sin flor, fruto en la rama.

de su tiempo abrirá. ¡Desierta cama,
y turbio espejo y corazón vacío!   

Este poema, cuyo tema central es la descripción característica de una postura amorosa (la del amor pacato), a su vez encierra una definición genuina de la índole del verdadero amor. Es una composición que caracteriza, define y a su vez advierte sobre la vivencia de este sentimiento arrollador. Es un texto experimental dentro de la obra de Antonio Machado. Si lo leyéramos sin saber nada del autor, ni del tiempo en el que fue compuesto, fácilmente podríamos pensar que estamos frente a una composición poética de uno de los grandes sonetistas del siglo de oro español, como Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, o Pedro Calderón de la Barca, siendo que en realidad se trata de una obra trecientos años más cercana en el tiempo. También lo veo como un texto experimental, no sólo por su estructura y su temática, sino también por la forma de abordar esta última. Los poemas de tema amoroso que encontramos en la obra de Antonio Machado, anteriores a la publicación de Nuevas canciones, son básicamente los dedicados a su esposa Leonor Izquierdo. En ellos vemos la idealización de la pureza y la fragilidad, aspectos que acompañaron a esta mujer, casi niña, en su corta vida. También hay otros poemas donde al amor lo podemos asociar más con una ensoñación que con una relación concreta. Pero lo que no encontramos todavía en la obra, que sí lo veremos luego, de alguna manera, en los textos influidos por Guiomar, es el amor carnal, sensual, erótico, pasional, en definitiva, el amor como al que se defiende en este poema. En 1924, año en que se publicó el poemario, el poeta todavía no conocía a Pilar de Valderrama (Guiomar), e incluso, de este poema hay una versión manuscrita fechada en 1912, cuya autenticidad no he podido verificar (no está recogida en los famosos Cuadernos de literatura de los hermanos Machado, publicados por la Fundación Unicaja en 2005), extrañamente, el mismo año del fallecimiento de su esposa Leonor.  Pero bueno, dejaré de lado este tipo de consideraciones, que lo único que buscan es sustentar la tesis de que se trata de un texto experimental y comenzaré el comentario, como suelo hacerlo, primero, reparando en la parte formal. Se trata de un soneto, una composición poética compuesta de catorce versos endecasílabos, dividida en dos cuartetos y dos tercetos. En este caso la rima consonante es abrazada en los cuartetos, aunque está dispuesta de forma independiente, y alternada, o encadenada, en los tercetos. Internamente, a este poema lo podríamos dividir en dos momentos. El primero abarcaría los cuartetos, donde la voz lírica describe, define, da las características del amor pacato, esa clase de amor del que nos dice debemos huir, por no tratarse de un amor verdadero. El segundo momento comprendería los tercetos, donde la voz se encargará de desarrollar, no ya las características de este tipo de amor, sino las consecuencias de su vivencia, de su práctica.


Primera estrofa (primer cuarteto)

sin peligro, sin venda ni aventura,
que espera del amor prenda segura,
porque en amor locura es lo sensato.

En este poema, Antonio Machado, para expresar su concepción del amor pacato como algo opuesto al verdadero amor y su característica pasión, se sirve de la imagen mitológica de Cupido, dios del deseo amoroso, representado tradicionalmente como un niño alado, con los ojos vendados y armado de arco y flechas. La utilización de esta deidad mitológica para hacer referencia a las características de la pasión amorosa aparece ya casi desde el origen de la literatura española con Alfonso X en la época medieval, pero también la utilizó luego Miguel de Cervantes en el renacimiento, así como Pedro Calderón de la Barca en el barroco y tantos otros poetas posteriores. De manera que Machado en este poema se presenta como un heredero de la tradición literaria española, tanto desde lo formal como desde lo temático, independientemente de que el soneto no haya tenido un origen español, como así tampoco la figura mitológica de Cupido.
En el primer verso del poema el yo lírico se refiere al amor del que, sostiene, hay que apartarse. El amor pacato es lo opuesto al amor valeroso, al pasional, al que suele luchar contra las posibles dificultades con la intención de ser. Por eso, a esta clase de amor tímido, temeroso, parco, lo califica con un adjetivo antepuesto muy significativo, se refiere a él como “triste”. Este amor triste no es el del dios Cupido, porque no tiene los ojos vendados, no implica la pasión ni el peligro, es un amor que incluso puede llegar a especular sobre las posibles conveniencias a la hora de elegir en una relación. La caracterización que se hace de este tipo de amor en el segundo verso es, para la voz lírica, profundamente negativa, porque lo que se pretende desde el texto es exaltar al amor Cupido, al amor ciego, pasional, aventurero, no a ese que busca garantías, ese que espera “prenda segura”. Antes dije que esta era una composición que caracterizaba, definía y a su vez advertía sobre la vivencia del amor, bien, ahora digo que todo eso se encuentra concentrado en el verso final de esta primera estrofa: “porque en amor locura es lo sensato”. Esta es una paradoja que encierra la definición genuina de la índole del verdadero amor. En este sentimiento, lo prudente es lo irracional, el atrevimiento, la pasión. En la vida corriente, los términos “sensato” y “locura” suelen ser antitéticos, pero referidos al amor pasan a ser un verdadero oxímoron, siguen siendo dos términos contrarios, pero están íntimamente identificados. Lo único que corresponde en el amor, parece decirnos el yo lírico machadiano, es la locura. El adjetivo “sensato”, con el que se cierra el cuarto verso, cumple dentro de esta primera estrofa una doble función, por un lado, rimar con “pacato”, una palabra a la que casi está unido semánticamente y, por otro lado, unirse en el oxímoron con la palabra “locura”, un término que, como referí, sería completamente antitético en un contexto diferente al del amor.

Segunda estrofa (segundo cuarteto)

Ese que el pecho esquiva al niño ciego
y blasfemó del fuego de la vida,
de una brasa pensada, y no encendida,
quiere ceniza que le guarde el fuego.

En este cuarteto la voz lírica abandona la advertencia y pasa a tener un tono acusador. El amor pacato es ese que no se enfrenta a la pasión amorosa, el que quiere evitar los riesgos y por eso rehúsa la presencia de Cupido. Esquiva las flechas del niño ciego, porque sabe que estas le pueden llegar a generar dolor. Y esa es una actitud condenable frente al verdadero amor, incluso insultante, por eso el yo lírico habla de blasfemia, porque para él, la pasión amorosa, esa que llama metafóricamente “fuego de la vida”, es algo casi sagrado. Y lo paradójico de quien practica el amor pacato, de ese que esquiva la pasión, es que pretende tener el fuego de la vida, cuando en realidad no lo genera.  El tercer verso de este cuarteto, si se quiere es otro oxímoron, porque no existe tal cosa como una brasa pensada. Es algo inútil el amor pacato, algo absurdo, porque no pretende obtener cenizas que guarden el fuego de una brasa encendida, sino de una pensada, de algo que no existe. Si se pretende tener fuego, hay que encenderlo, o no esquivarlo, pero no pretenderlo de donde no lo hay.

Segundo momento


Y ceniza hallará, no de su llama,
cuando descubra el torpe desvarío
que pendía, sin flor, fruto en la rama.

Los tercetos se van a centrar en las consecuencias de la vivencia del amor pacato. El que siga este tipo de amor, va a obtener cenizas sí, pero no de esas que ayudan a conservar las brasas de la pasión encendida, sino de esas que son símbolo de la nada. Tarde o temprano, a este triste amante le llegará el momento en que tomará consciencia del torpe desvarío que cometió cuando pensaba estar actuando con sensatez. Para que exista el fruto en la rama, antes tuvo que existir la flor, y si hay fruto sin flor, como el fruto del amor pacato, es un fruto en camino a la nada. El que busca en el amor prenda segura nunca hallará la flor que devendrá en el dulce fruto, porque este sólo se encuentra enfrentando el riesgo y la pasión que suponen las peligrosas flechas del niño ciego.

Cuarta estrofa (segundo terceto)

Con negra llave el aposento frío
de su tiempo abrirá. ¡Desierta cama,
y turbio espejo y corazón vacío!   

El futuro será devastador para el practicante del amor pacato. Esa llave, calificada tan negativamente con el adjetivo antepuesto “negra”, es la que dará paso a la desolación del tiempo y el espacio de la vida venidera. Con el polisíndeton del final, el poeta enumera los elementos característicos de una existencia marcada por el fracaso. El espejo donde se mirará el amante pacato será turbio, no le dará una clara imagen de sí mismo, porque la presencia del otro es fundamental para la construcción del yo, y él estará solo. Muy inteligentemente, Machado decidió no anteponer el adjetivo calificativo en el final, tal como lo venía haciendo en la estrofa, para que la palabra “vacío” quede resonando en nuestra mente y en nuestros corazones, de lectores, y de posibles amantes.