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jueves, 15 de mayo de 2025

PALABRA ESCRITA RADIO Estudio del cuento "Un día de estos", de Gabriel García Márquez

Del libro de Gabriel García Márquez "Los funerales de la Mamá Grande" (publicado por la Universidad Veracruzana de Xalapa en México en 1962), lectura del cuento "Un día de estos".



Fernando Chelle


lunes, 9 de diciembre de 2024

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (II) A magic story telling

Nobel Prize in literature and a master among novelists. Short stories are present through all his writing career, from his first works published in Colombian newspapers  to  Memoria de mis putas tristes (Memories of my melancholy whores), his last novel, published in 2004. In this article: a literary analysis of the short story One of these days.



Fernando Chelle


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (I) A magic story telling

Nobel Prize in literature winner and a master among novelists. Short stories are present through all of Gabo’s writing career, from his first works published in Colombian newspapers  to  Memoria de mis putas tristes (Memories of my melancholy whores), his last novel, published in 2004. In this article: a sneak peek his short stories, his short stories collection Los funerales de la Mama Grande (Big Mama’s funeral) and in the article to come: a literary analysis of the short story: Un día de estos (One of these days).



Fernando Chelle


lunes, 25 de noviembre de 2024

PALABRA ESCRITA RADIO: Las mil y una páginas (Á. Rama) y (G. G. Márquez)

Las mil y una páginas (Á. Rama) y (G. G. Márquez). Sección del programa "Diáspora", Transmitido por la 95.2 fm UFPS Radio, el 23 de noviembre de 2017.



Fernando Chelle


Pasado apócrifo (Cartagena poética VII)

Lectura del poema "Pasado apócrifo" en la librería Remedios la Bella, un convenio entre el Fondo de Cultura Económica en Colombia y la Universidad de Cartagena, está ubicada dentro de la Ciudad Amurallada, en el Claustro La Merced (Cra 4 # 38-40). Es bueno recordar que, El Claustro, es un edificio construido en 1625, que ha servido en la historia del país como cárcel colonial, Palacio de Justicia, recinto universitario y actualmente es sede de postgrado de la Universidad de Cartagena, además de ser el Mausoleo del premio Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez y su esposa Mercedes Barcha.



Fernando Chelle


jueves, 26 de septiembre de 2024

Barranquilla y Gabriel García Márquez VII (Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro)

Recorrido garciamarquiano por Barranquilla, séptima parte. Visita a la Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro), Olaya Herrera (Carrera 46) #66 - 35, Nte. Centro Histórico, Barranquilla.



Fernando Chelle


miércoles, 25 de septiembre de 2024

Barranquilla y Gabriel García Márquez VI (Cine Colombia y Librería Mundo)

Recorrido garciamarquiano por Barranquilla, sexta parte. Visita al edificio de Cine Colombia donde, entre otros establecimientos comerciales, se encontraba la Librería Mundo.



Fernando Chelle


Barranquilla y Gabriel García Márquez V (Sodería La Estrella)

Recorrido garciamarquiano por Barranquilla, quinta parte. Visita a la Sodería La Estrella, lugar donde Gabo solía departir con los intelectuales de la época, en su paso por Barranquilla.



Fernando Chelle



Barranquilla y Gabriel García Márquez IV (El Heraldo)

Recorrido garciamarquiano por Barranquilla, cuarta parte. Visita al lugar donde estaba ubicado el periódico “El Heraldo”, donde Gabriel García Márquez escribió entre enero de 1950 y agosto de 1951, y luego entre febrero y diciembre de 1952.



Fernando Chelle


Barranquilla y Gabriel García Márquez III (Casa de Ramón Vinyes, el sabio catalán)

Recorrido garciamarquiano por Barranquilla, tercera parte. Visita a la casa del Dr. Clemente Salazar Mesura, frente a la Plaza de San Nicolás. Allí vivía junto con su esposa, María Salazar, el sabio Ramón Vinyes, el librero grafómano de “Cien años de soledad”.



Fernando Chelle


Barranquilla y Gabriel García Márquez II. Lectura del poema "La madeja" en la Plaza de San Nicolás

Recorrido garciamarquiano por Barranquilla, segunda parte. Visita a la Plaza de San Nicolás, ubicada entre las calles 32 (o de la Amargura o del Comercio) y 33 (o Real), y entre las carreras 41 (o Progreso) y 42 (o del Mercado), frente a la fachada de la iglesia de San Nicolás de Tolentino, hacia el occidente, en el Centro Histórico de Barranquilla.



Fernando Chelle


Barranquilla y Gabriel García Márquez I (El Rascacielos)

Recorrido garciamarquiano por Barranquilla, primera parte. Visita al Hotel San Nicolás Colonial (El Rascacielos), Calle 33 (Calle Real) #42 – 27 Centro histórico de Barranquilla.



Fernando Chelle


miércoles, 22 de mayo de 2024

Estudio del cuento "Un día de estos", de Gabriel García Márquez

Del libro de Gabriel García Márquez "Los funerales de la Mamá grande" (publicado por la Universidad Veracruzana de Xalapa en México en 1962), lectura del cuento "Un día de estos".



Fernando Chelle


lunes, 27 de abril de 2020

Conferencia: Gabriel García Márquez y el cuento, esa mágica forma de contar

El martes 21 de abril, en el marco de la "Semana del Idioma" de la Universidad de Pamplona, a las 3 de la tarde, a través de f LIVE, brindé una conferencia sobre la obra cuentística de Gabriel García Márquez. Si bien se trató de una transmisión abierta, estuvo dirigida, fundamentalomente, a los estudiantes de la Licenciatura en Lengua Castellana y Comunicación , de dicha universidad.


Fernando Chelle

sábado, 12 de octubre de 2019

Huellas literarias más allá de las fronteras


(Premio Nacional de Ensayo Literario 2019) [1]
(Un acercamiento personal a la vida y a la obra del poeta Carlos Martín)

Por: Fernando Chelle


Después de todo, mira, no importa, hemos vivido
al borde cotidiano del asombro,
una mirada basta, la voz con que te nombro
basta para olvidar la muerte y el olvido.

Carlos Martín

La primera referencia que tuve del poeta Carlos Martín fue en la obra Vivir para contarla, las memorias (lamentablemente inconclusas) de Gabriel García Márquez, publicadas en 2002 (Anexo I). Allí el Premio Nobel colombiano se refiere a la importancia que tuvo Martín en la consolidación de su vocación de escritor. Nos cuenta que, en el año 1944, Martín ingresó como rector del Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá donde él estudiaba. El tono confesional, claro y ameno de las memorias garciamarquianas, llevó a que me hiciera una imagen bastante clara del poeta, que más que poeta, declara García Márquez, parecía un abogado por su formalidad en el vestir. Lo imaginé caminando, con su bigote esmeradísimamente recortado y su frente despejada, por los pasillos de aquella institución. Contagiando a esos muchachos llenos de sueños literarios, recomendándoles la lectura de Flaubert, de Dumas, de Thomas Mann. Hablándoles, entre otros muchos temas, de los modernistas americanos y de la importancia de la figura de Rubén Darío para la poesía de nuestro continente y de nuestra lengua. Lo cierto es que, más allá de su importantísima obra, a la que me referiré más adelante, con su ejemplo, Carlos Martín posibilitó que aquel muchachito flaco y desalineado, que luego llegaría a la cumbre de la literatura mundial, escribiera su primer reportaje y publicara su primera creación literaria con el seudónimo de Javier Garcés, un poema titulado “Canción”.
Luego de ese primer contacto con la figura de Carlos Martín, he descubierto que son muy curiosos los elementos fortuitos que me vinculan a su vida y también a su obra. En Chiquinquirá (lugar donde nació en 1914), conocí al escritor Raúl Ospina quien, como director de la Fundación Cultural Jetón Ferro, en el año 2008, apenas unos meses antes de que Martín muriera, le rindió un homenaje, con el descubrimiento de un busto en el parque que lleva el nombre de otro gran poeta chiquinquireño, Julio Flórez. Y esto también es muy significativo para mí, en este hilo de coincidencias literarias, ya que yo tuve el gusto de conocer, en el municipio de Usiacurí, la casa donde pasó sus últimos días Julio Flórez, gracias a haber ganado un concurso nacional de ensayos que me llevó hasta allí, un concurso convocado por “Lit, Asociación de Literatura”, la misma asociación que hoy me convoca a escribir sobre Carlos Martín. Y ya para salir de este tejido misterioso, les dejo una última perlita ¿Saben cuál fue el ensayo con el que gané esa convocatoria?, uno sobre la vida y la obra de Gabriel García Márquez, con lo que parece que la serpiente se termina mordiendo la cola. Hay otros elementos que me acercan, o mejor, creo que me emparentan, con lo que fue la vida de este poeta. Al igual que él, soy un docente de literatura que ha ejercido en su país y también en un país extranjero, Martín concretamente lo hizo a partir de 1961, en Holanda, donde ganó por concurso la cátedra de literatura hispanoamericana de la Universidad de Utrecht, incluso fue nominado como profesor vitalicio, gracias a un decreto firmado por la reina Juliana. Al igual que él, he escrito no sólo poesía sino también crítica literaria, disciplina que he tenido la posibilidad de difundir no sólo a través de los libros sino también desde un programa literario en una radio universitaria extranjera, como lo hizo el poeta Carlos Martín durante quince años en la Radio Nederland. También soy académico de la lengua, como en su día lo fue Martín, que fue miembro no sólo de la academia de la lengua en Colombia sino también en Venezuela, país que lo condecoró con la medalla “Lucila Palacios”. Finalmente, al igual que el gran poeta, he tenido la dicha de haber recibido algunos premios, recordemos que Martín obtuvo numerosos galardones, tanto por su obra poética como también ensayística, allí están los premios que obtuvo con motivo de los 300 años de la muerte de Lope de Vega y del centenario de Bécquer, el premio de poesía Aurelio Arturo, entre otros. Pero entre los tantos elementos que me diferencian de Carlos Martín, es que yo, hasta el momento, no he dirigido ninguna revista literaria, como sí lo hizo el poeta boyacense, que estuvo al frente de Altiplano y también de la revista Sábado. Tampoco soy abogado, porque Carlos Martín no sólo parecía un abogado, como nos contó García Márquez, sino que lo era, lo fue del Ministerio de Educación y también de la compañía Shell. Pero bueno, la idea de este ensayo no es hablar de mí, simplemente me pareció importante mostrar los paralelismos de mi vida con la del poeta chiquinquireño, de manera que la referencia a lo anecdótico de mi persona sirviera para contar parte de su biografía de forma novedosa. De aquí en más me centraré únicamente en el poeta Carlos Martín, de quien, además de los méritos referidos, hay testimonios de que tenía un espíritu festivo y un trato exquisito con las personas, como parece desprenderse de las palabras del también abogado y catedrático de origen caldense, Otto Morales Benítez: “Como persona era un hombre muy grato, tenía un humor suave y fino. Nunca incomodaba a la gente ni se refería con malos términos, sino que era viendo el lado amable de la vida”. Esa actitud positiva del poeta fue la que le dio un aire fresco al grupo literario Piedra y Cielo, del cual fue su miembro más joven, aunque se cuenta que, paradójicamente, los demás integrantes del grupo le decían “el viejo”, quizá por su formalidad en el vestir. Entre los poetas más destacados de ese movimiento lírico bautizado de esa manera por el crítico literario Juan Lozano, por la cercanía estética que encontraba entre los miembros del grupo con la poesía de Juan Ramón Jiménez, autor del libro Piedra y Cielo, se encontraban Eduardo Carranza, Arturo Camacho Ramírez, Jorge Rojas, Antonio Llanos, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia, Darío Samper y Aurelio Arturo. Se trató de un grupo que tuvo su presencia literaria dentro de las letras colombianas, fundamentalmente, entre las décadas del 30 y del 40. El poeta Carlos Martín, como señalé, fue el más joven del grupo y también el último en dejar este mundo.
Su obra poética está compuesta por los siguientes libros: Territorio amoroso (1939); Travesía terrestre (1943); Es la hora (1973); Epitafio de Piedra y Cielo y otros poemas (1984); El sonido del hombre (1986); Hacia el último asombro (1991); Perdurable fulgor (1992); Habitante de nuevo y viejo mundo (1995) y la obra donde reúne su poesía, Vida en amor y poesía (1995). Su obra crítica está integrada por: La sombra de los días (1952); Piedra y Cielo en la poesía hispanoamericana (1962); América en Rubén Darío (1972); Hispanoamérica, mito y surrealismo (1986); Tomás Vargas Osorio (1990); Otto Morales Benítez (1995). En 1993 publicó la traducción, con un prólogo incluido, de El cementerio marino, la gran obra del poeta francés, Paul Valery.
Sobre Es la hora (1973) dijo, el poeta, traductor y ensayista ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, “se encuentran los de inspiración americana, en los que hay versos claves que contienen la verdad de nuestro continente, en sus más claros atributos: el viento universal, el hemisferio abierto sin color ni fronteras, la sed de libertad”. Mientras que Vicente Gerbasi, uno de los más destacados poetas venezolanos del siglo XX, dijo de la poesía del piedracielista: “La poesía de Carlos Martín parte de lo humano y los elementos reales que emplea completan mágicamente los irreales, hundiéndose así en los ámbitos del misterio y del milagro. Logra la corporeidad de lo incorpóreo... Sangre, ojeras, amor: lo humano, son los tallos alimentando la corola, el color, la medida, el perfume, la creación. Estos elementos resuelven finalmente su mundo erótico. Ellos podrían constituir un peligro en una imaginación pobre, pero en Carlos Martín sirven de impulso y lo colocan en una profunda corriente cósmica, lo elevan y lo hacen tocar las diferentes zonas del misterio... Este poeta que sigue las más nuevas corrientes poéticas oye la voz del subconsciente y en su voluntad creadora, logra darle los más sorprendentes toques y matices”.
Carlos Martín fue un gran lector, un estudioso profundo de la literatura, cuya obra está influenciada por múltiples escritores de diferentes épocas. Dentro de los europeos, por nombrar solo algunos, fue un gran admirador de los poetas españoles de la Generación del 27, de los franceses Paul Valery y Paul Eluard y también del checo Reiner Maria Rilke. Dentro de los poetas latinoamericanos admiró mucho a los chilenos, a Vicente Huidobro y su Creacionismo y a los dos grandes Pablos, Rokha y Neruda.
Para cerrar el ensayo, me gustaría despedirme recomendando la lectura de algunos poemas escogidos del gran poeta boyacense. Dentro de estos textos, que los podrán leer al final de este estudio (Anexo II), comenzaré por Biografía, un poema fundamental dentro de su obra, donde la voz poética recorre líricamente algunos momentos de la existencia. Es un texto que de alguna manera funciona como una poética, porque resume las características fundamentales de la concepción de la poesía que tuvo Martín a lo largo de toda su carrera como poeta. El segundo poema que enumero es Voces de la noche y lo ubico en un segundo lugar porque de alguna manera está relacionado con el primero. Se trata de un texto profundamente existencial, donde están presentes algunos de los temas fundamentales que se encuentran regados a lo largo de su obra como, por ejemplo, la soledad, el misterio de la vida y la ternura. Continúo la recomendación poética con tres sonetos que me gustan muchísimo. El primero, Breve historia, es un texto de profunda estirpe quevediana, le sigue Armando inútilmente las palabras un poema con toda la levedad y ensoñación de Gustavo Adolfo Bécquer, y el tercero, La voz sobre el olvido, es un texto marcado por la ausencia o, si se quiere, por el dolor que genera la ausencia, otra temática también muy importante dentro de la obra del poeta. El quinto texto seleccionado es, para mí, el mejor poema de Carlos Martín, se titula Otoño. Se trata de un texto profundo, reflexivo y a su vez entusiasta, donde la grandeza del amor, otro tema fundamental, se sobrepone a la angustia, a las pequeñas muertes cotidianas. Palabras más o palabras menos, el poeta parece querer decirnos en este bello texto, que sólo el amor basta para vivir, para ser felices. Cierro esta serie de poemas recomendados, justamente, con un poema de conclusión, el que lleva por título “Última lección”, donde con su voz clara y transparente, el poeta reflexiona ante el inminente final.



(Anexo I)

Fragmento del capítulo 4 de la autobiografía de Gabriel García Márquez Vivir para contarla (2002), páginas 223 a 226, de la Primera edición de la Editorial DEBOLSILLO (noviembre 2004)
(Es un fragmento, en donde Gabriel García Márquez hace referencia al nuevo rector del Liceo de Varones de Zipaquirá, y a la importancia que este terminó teniendo en su formación como escritor).

El sucesor fue el poeta Carlos Martín, el más joven de los buenos poetas del grupo Piedra y Cielo, que César del Valle me había ayudado a descubrir en Barranquilla. Tenía treinta años y tres libros publicados. Yo conocía poemas suyos, y lo había visto una vez en una librería de Bogotá, pero nunca tuve nada que decirle ni alguno de sus libros para pedirle la firma. Un lunes apareció sin anunciarse en el recreo del almuerzo. No lo esperábamos tan pronto. Parecía más un abogado que un poeta con un vestido de rayas inglesas, la frente despejada y un bigote lineal con un rigor de forma que se notaba también en su poesía. Avanzó con sus pasos bien medidos hacia los grupos más cercanos, apacible y siempre un poco distante, y nos tendió la mano: —Hola, soy Carlos Martín. Yo estaba en esa época fascinado por las prosas líricas que Eduardo Carranza publicaba en la sección literaria de El Tiempo y en la revista Sábado. Me parecía que era un género inspirado en Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, de moda entre los poetas jóvenes que aspiraban a borrar del mapa el mito de Guillermo Valencia. El poeta Jorge Rojas, heredero de una fortuna efímera, patrocinó con su nombre y su saldo la publicación de unos cuadernillos originales que despertaron un grande interés en su generación y unificó un grupo de buenos poetas conocidos. Fue un cambio a fondo de las relaciones domésticas. La imagen espectral del rector anterior fue reemplazada por una presencia concreta que conservaba las distancias debidas, pero siempre al alcance de la mano. Prescindió de la revisión rutinaria de presentación personal y otras normas ociosas, y a veces conversaba con los alumnos en el recreo de la noche. El nuevo estilo me puso en mi rumbo. Tal vez Calderón le había hablado de mí al nuevo rector, pues una de las primeras noches me hizo un sondeo sesgado sobre mis relaciones con la poesía, y le solté todo lo que llevaba dentro. Él me preguntó si había leído La experiencia literaria, un libro muy comentado de don Alfonso Reyes. Le confesé que no, y me lo llevó al día siguiente. Devoré la mitad por debajo del pupitre en tres clases sucesivas, y el resto en los recreos del campo de futbol. Me alegró que un ensayista de tanto prestigio se ocupara de estudiar las canciones de Agustín Lara como si fueran poemas de Garcilaso, con el pretexto de una frase ingeniosa: «Las populares canciones de Agustín Lara no son canciones populares». Para mí fue como encontrar la poesía disuelta en una sopa de la vida diaria. Martín prescindió del magnífico apartamento de la rectoría. Instaló su oficina de puertas abiertas en el patio principal, y esto lo acercó más aún a nuestras tertulias después de la cena. Se instaló para largo tiempo con su esposa y sus hijos en una casona colonial bien mantenida en una esquina de la plaza principal, con un estudio de muros cubiertos por todos los libros con que podía soñar un lector atento a los gustos renovadores de aquellos años. Allí lo visitaban los fines de semana sus amigos de Bogotá, en especial sus compañeros de Piedra y Cielo. Un domingo cualquiera tuve que ir a su casa por una diligencia casual con Guillermo López Guerra, y allí estaban Eduardo Carranza y Jorge Rojas, las dos estrellas mayores. El rector nos hizo sentar con una seña rápida para no interrumpir la conversación, y allí estuvimos una media hora sin entender una palabra, porque discutían sobre un libro de Paul Valéry, del que no habíamos oído hablar. Había visto a Carranza más de una vez en librerías y cafés de Bogotá, y habría podido identificarlo sólo por el timbre y la fluidez de la voz, que se correspondía con su ropa callejera y su modo de ser: un poeta. A Jorge Rojas, en cambio, no habría podido identificarlo por su atuendo y su estilo ministeriales, hasta que Carranza se dirigió a él por su nombre. Yo anhelaba ser testigo de una discusión sobre poesía entre los tres más grandes, pero no se dio. Al final del tema, el rector me puso la mano en el hombro, y dijo a sus invitados: —Este es un gran poeta. Lo dijo como una galantería, por supuesto, pero yo me sentí fulminado. Carlos Martín insistió en hacernos una foto con los dos grandes poetas, y la hizo, en efecto, pero no tuve más noticias de ella hasta medio siglo después en su casa de la costa catalana, donde se retiró a gozar de su buena vejez. El liceo fue sacudido por un viento renovador. La radio, que sólo usábamos para bailar hombre con hombre, se convirtió con Carlos Martín en un instrumento de divulgación social, y por primera vez se escuchaban y se discutían en el patio de recreo los noticieros de la noche. La actividad cultural aumentó con la creación de un centro literario y la publicación de un periódico. Cuando hicimos la lista de los candidatos posibles por sus aficiones literarias bien definidas, su número nos dio el nombre del grupo: centro literario de los Trece. Nos pareció un golpe de suerte, además, porque era un desafío a la superstición. La iniciativa fue de los mismos estudiantes, y consistía sólo en reunirnos una vez a la semana para hablar de literatura cuando en realidad ya no hacíamos otra cosa en los tiempos libres, dentro y fuera del liceo. Cada uno llevaba lo suyo, lo leía y lo sometía al juicio de todos. Asombrado por ese ejemplo, yo contribuía con la lectura de sonetos que firmaba con el seudónimo de Javier Garcés, que en realidad no usaba para distinguirme sino para esconderme. Eran simples ejercicios técnicos sin inspiración ni aspiración, a los que no atribuía ningún valor poético porque no me salían del alma. Había empezado con imitaciones de Quevedo, Lope de Vega y aun de García Lorca, cuyos octosílabos eran tan espontáneos que bastaba con empezar para seguir por inercia. Llegué tan lejos en esa fiebre de imitación, que me había propuesto la tarea de parodiar en su orden cada uno de los cuarenta sonetos de Garcilaso de la Vega. Escribía, además, los que algunos internos me pedían para dárselos como suyos a sus novias dominicales. Una de ellas, en absoluto secreto, me leyó emocionada los versos que su pretendiente le dedicó como escritos por él. Carlos Martín nos concedió un pequeño depósito en el segundo patio del liceo con las ventanas clausuradas por seguridad. Éramos unos cinco miembros que nos poníamos tareas para la reunión siguiente. Ninguno de ellos hizo carrera de escritor pero no se trataba de eso sino de probar las posibilidades de cada quien. Discutíamos las obras de los otros, y llegábamos a irritarnos tanto como si fueran partidos de futbol. Un día Ricardo González Ripoll tuvo que salir en medio de un debate, y sorprendió al rector con la oreja en la puerta para escuchar la discusión. Su curiosidad era legítima porque no le parecía verosímil que dedicáramos nuestras horas libres a la literatura.


(Anexo II)

Selección poética de Carlos Martín

Biografía

Yo, decía la espuma con alondras tibias,
veía deshojarse la rosa blanca del silencio
 y con manos de humo cogía uvas en el huerto.
Maduraban los días y esperaba el secreto de los nidos.
Crecían las palabras hasta la altura de mi corazón
y reía sin olvidar la peligrosa edad de las manzanas.
Pero el inmenso caracol,
donde golpea la vida con nudillos de sangre
refugió en el alba
las primeras palabras de los hombres.
Sabía del nacimiento de las flores y el vuelo de los pájaros
pero quise explicarme el llanto de los niños.
Tenía las manos humedecidas de rocío
pero quise teñirlas de un silencio de violetas marinas.
Sabía cómo una piedra rompe el sueño del estanque,
pero quise despedazar mi sueño con un grito.
Salté la tapia para esperar la lluvia.
La vida estaba tendida a lo largo de la calle,
con cabellera azul y frente de azahar,
pero también tenía una flor y una sonrisa de luto,
unas alas tronchadas, unas manchas de sangre.
Aún siento deseos de cambiar mis nubes por banderas.
Pero en la vida. Sobre la vida. Contra la vida misma.
El color de la brisa. El temblor de la lluvia.
La palabra con tacto. El cuerpo de la música.
La mujer como un ramo de flores en la arena.
La tibia ternura de la espuma y los nidos.
El roce transparente. Los amigos celestes.
La presencia del viento. El ala del crepúsculo.
La soledad como una paloma dormida entre mis manos.
¡Ah, los niños de rocío con hambre!
El encuentro de los hombres.
El hallazgo de las flores y las frutas.
El amor de la tierra, el horizonte y el mar.
Sobre la arena el viento ha dibujado
una figura en rosa o nieve.
Un hombre como un pájaro de siete colores
deshoja la rosa blanca del silencio
y rompe nota a nota el caracol marino.


Voces de la noche

                    A Roberto García Peña

Inevitable es el tocar ceniza de nuestra propia muerte
pero el terror, no obstante, nos permite
gozar aún de ser y de sentir, de soñar
y de entregar el corazón en canto a manos llenas.

El viento en soledad nocturna lleva
ecos de cielo y fragancias de bosque,
Algo pasa temblando,
algo agita el ramaje de la noche,
algo como un beso que detiene la marcha de las estrellas,
señales hay de cimas próximas
donde el alba descubre un orden mágico.
Una soga invisible tira de mi corazón
hacia el musgo que sigue creciendo
hasta cubrir las puertas de la vida.
Entonces, transparente, la ternura
refleja en luz distante la aldea de la infancia,
la sombra adolescente bajo las ramas altas
de jóvenes manzanos,
la realidad tocando el hombro del sueño,
los ojos del asombro frente al mundo.
Entonces, la nostalgia y la fidelidad de las raíces
ordenan el regreso hacia el origen,
cuando a la madre se pregunta
qué está haciendo tan sola en medio del océano,
cuando nos acompañan viajeros invisibles,
conocidos de otro tiempo,
familiares de faz no borrada del todo,
amigas definitivamente ausentes
detrás de un bello resplandor.
Todos, todos amados y soñados
en honda, cotidiana eternidad,
En el silencio entonces arde un fuego intermitente,
parecido al que alumbra en el fondo del mar.


Breve historia

Vuelvo los ojos a la breve historia
que alimenta mi sueño todavía,
torre en la niebla de la lejanía
que contemplo entre ruinas ilusoria.

No es justo que sustente la memoria
tan débilmente lo que fuera un día
tanta furia de amor, tanta alegría
hoy convertida en polvo y en escoria.

A veces, sin embargo ... un latido
de amor recorre el mundo, si me empeño
vanamente en huir de aquel olvido.

A veces, lo sepulto en un pequeño
verso, pero regresa malherido
cayendo a tierra y tropezando en sueño.


Armando inútilmente las palabras

La vida en horas el jornal me paga;
monedas hoy que en ilusiones sumo
y que el ayer va convirtiendo en humo
sobre el mañana que engañoso halaga.

Presuroso me abrazo a sombra vaga
y en lucha diaria y en cuidado sumo,
en amores y penas me consumo,
sabedor de que todo al fin naufraga.

Y sabiendo que el corto viaje encierra
tanta miseria en mundo tan pequeño,
con palabras de amor armado en guerra

me defiendo del tiempo en vano empeño
como quien se despeña hacia la tierra
del alto muro de su propio ensueño.


La voz sobre el olvido

Soy la oscura mitad de tu existencia.
Fruto de llanto abierto en la penumbra,
alondra vegetal que se acostumbra
a la rama con sangre de tu ausencia.

Sombra de una memoria sin presencia
bajo la noche que tu llanto alumbra,
abierto corazón que no vislumbra
su cielo derrumbado a tu sentencia.

Colmena de ceniza, dispersado
palomar de la nostalgia, voz tardía
de nocturno rumor, atribulado

fuego de soledad y de agonía
donde la muerte con su musgo helado
cubre la rama de la ausencia fría.


Otoño

Arregla los papeles. Es ya tiempo. No temas
al rigor del invierno. Aún hay fuego. Arde
un rescoldo de amor y al fulgor de la tarde
nacen aún los besos, los poemas.

al borde cotidiano del asombro,
una mirada basta, la voz con que te nombro
basta para olvidar la muerte y el olvido.

¿Para qué regresar en busca de la aldea
natal? El tiempo pasa. Si abres la ventana
de nuevo nace el mundo. Déjame que te vea
a la orilla del alma, real, mía, cercana.

Somos hambre, penumbra, testimonio de seres,
nada nos pertenece, somos rumor profundo
del prodigio que pasa. Escúchame, no esperes
nada más. Mira. Ama. Despídete del mundo.


Última lección

 Es tarde ya para aprender lecciones
sobre este mundo, el más allá, la vida,
la llegada a la tierra y la partida,
la sinrazón de sueños y pasiones.

Tarde para encontrar las soluciones
al misterio de ser, a la honda herida
de un delirio de amor, a la perdida
fe en religiones, dioses y oraciones.

Basta con recordar que el tiempo es breve
para volver atrás. Cualquier asunto
sin solución en vida es algo leve

que poco importa cuando estamos junto
al yerto abismo, cuando el hombre debe
empezar a pensar qué es ser difunto.


[1] Texto ganador del PREMIO NACIONAL DE ENSAYO LITERARIO, organizado por Lit. Asociación de literatura, Colombia (julio, 2019) 





miércoles, 13 de diciembre de 2017

LAS MIL Y UNA PÁGINAS & LOS ELEGIDOS DEL PARNASO

A continuación, les dejo el enlace al programa “Diáspora”, del jueves 23 de noviembre de 2017. En la sesión "Las mil y una páginas" encontrarán el fragmento de una entrevista al crítico literario uruguayo Ángel Rama y la lectura del comienzo de la novela "Cien años de soledad", del escritor Colombiano Gabriel García Márquez.


Fernando Chelle

lunes, 11 de septiembre de 2017

elseptyimo cielo en los ojos

A continuación, les dejo el enlace a la página de “elseptyimo cielo en los ojos”, donde se ha publicado el artículo titulado “GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y EL CUENTO”, perteneciente al libro “El cuento latinoamericano en el siglo XX” (Colombia 2016).




Fernando Chelle

viernes, 3 de febrero de 2017

PALABRA ESCRITA RADIO 13

A continuación, les dejo el enlace al programa decimotercero de “Diáspora” (jueves 26 de enero de 2017). Tema central: “Un día de estos”, de Gabriel García Márquez.


Fernando Chelle

domingo, 17 de abril de 2016

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y EL CUENTO




Esa mágica
forma de contar

Premio Nobel de Literatura, novelista magistral. Los relatos breves recorren prácticamente toda su obra, desde sus primeras publicaciones en la prensa colombiana hasta Memoria de mis putas tristes, su última novela. En este artículo: sus diferentes libros de cuentos, Los funerales de la Mamá Grande y un análisis de Un día de estos.


Por Fernando Chelle

I

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Y EL CUENTO
Resulta normal, y hasta casi lógico, que al pensar en la figura de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 6 de marzo de 1927 - Ciudad de México, México, 17 de abril de 2014) lo primero que se nos venga a nuestra mente sea la imagen del gran novelista, ganador del Premio Nobel de Literatura en el año 1982. Esto es algo incuestionable, porque desde La hojarasca (1955) hasta Memoria de mis putas tristes (2004), pasando por la mítica Cien años de soledad (1967), o por cualquiera de sus otras siete novelas, el escritor colombiano se ganó, tanto dentro de la crítica literaria como entre los lectores, el reconocimiento de gran novelista. No obstante esto, se podría decir, que lo que forma la base de su gran literatura son los relatos cortos, los cuentos. Las historias breves, dentro de la literatura de Gabo, están presentes, no solo en los cuatro libros de cuentos que encontramos dentro de su obra, sino también en la gran mayoría de novelas, en los guiones cinematográficos y en su vasta obra periodística. El propio autor reconoció, en más de una oportunidad, que para él son las “pequeñas historias” las que hacen interesante y fantástico al mundo. En su libro de memorias, Vivir para contarla (2002), como en numerosas entrevistas, García Márquez refirió cómo las anécdotas de antiguas guerras referidas por su abuelo, un coronel a quien llamaba Papalelo y los relatos fantásticos de apariciones que le contaban las mujeres de su casa, se conjugaron en su mente y pasaron a ser un material primario e importantísimo de su universo literario. Si bien es cierto que García Márquez comenzó su andanada literaria, como tantos otros escritores, con la poesía y después escribió algunos comentarios humorísticos, las primeras producciones literarias importantes fueron sus cuentos. El primero que registran sus memorias, es el titulado Psicosis obsesiva, un relato fantástico, de su época de estudiante de bachillerato en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. A partir del año 1947, el más reconocido de los autores colombianos, comienza a escribir relatos breves, cuentos, de forma más sistemática. Los primeros fueron publicados por el diario El Espectador de Bogotá, van desde el año 1947, con la publicación de La tercera resignación, el 13 de septiembre de 1947, hasta el año 1955. Estos primeros relatos fueron reunidos y publicados en forma de libro, recién en el año 1974, en la obra titulada Ojos de perro azul. Posteriormente a la etapa bogotana, encontramos los relatos escritos en la costa colombiana, cuando García Márquez se desempeñaba como periodista en Cartagena de Indias y en Barranquilla. De esta época es el cuento Un día después del sábado, relato que obtuvo el primer premio de un concurso organizado por la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia, y que figura en el libro Tres cuentos colombianos, publicado en el año 1954. Del año 1959, cuando García Márquez ya se encontraba nuevamente radicado en Bogotá, es el cuento Los funerales de la Mamá Grande. Este relato extenso, antecedente claro de Cien años de soledad, forma parte de un libro que lleva su mismo nombre, publicado en el año 1962. En esta última obra me detendré más adelante, porque de ella forma parte el cuento Un día de estos, relato que analizaré y comentaré literariamente. A finales de la década del 60, el Nobel colombiano comenzó a escribir una serie de cuentos, que algunos estudiosos de su obra dicen que estaban destinados a un libro de historias infantiles que nunca publicó. Estos relatos, junto con otras historias, pensadas en un principio como guiones cinematográficos, fueron publicados en el año 1972, bajo el título de: La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada. El último libro de cuentos de Gabriel García Márquez se publicó en el año 1992, bajo el título de Doce cuentos peregrinos. Son relatos de inmigrantes latinoamericanos en el viejo continente, un libro que García Márquez decidió publicar el año en que se festejaron los 500 años de la llegada de los europeos al continente americano.
LOS FUNERALES DE LA MAMÁ GRANDE
Los funerales de la Mamá Grande es el primer libro de cuentos, publicado por el escritor colombiano Gabriel García Márquez, en el año 1962. Si bien no fueron los primeros cuentos escritos por el Nobel, como se refirió en el apartado anterior de este artículo, sí son los primeros publicados en forma de libro. En la obra se reúnen ocho cuentos, todos breves a excepción de Los funerales de la Mamá Grande, el relato que cierra y da nombre al libro, texto que algunos críticos prefieren catalogar, más que como un cuento, como una novela corta. En este libro aparece nuevamente como escenario el pueblo Macondo, ya lo habíamos visto en La hojarasca (1955), su primera novela, y lo volveremos a ver en su obra más conocida, Cien años de soledad (1967). Mario Benedetti dijo en 1972 que este libro de cuentos funcionó dentro de la obra de Gabriel García Márquez como un “trampolín para el gran salto imaginativo” que supuso la escritura de Cien años de soledad. Es una gran verdad, porque no solo el escenario de Macondo funciona en este libro como un antecedente de Cien años de soledad, también se encuentran personajes como el coronel Aureliano Buendía y su hermano José Arcadio. Hay también algunas historias que García Márquez abordará en La mala hora, una novela publicada el mismo año 1962, y cinco años después, en Cien años de soledadLos funerales de la Mamá grande es un libro en el que ya aparecen los elementos propios del realismo mágico, que tanto caracterizarán a algunas de las obras posteriores del escritor colombiano. Diferentes historias que superan lo real y verosímil transcurren en medio de una atmósfera de intenso calor. Una mujer que fallece a los noventa y dos años, virgen, y a sus funerales concurren el presidente de la República y el Papa; un cura que dice haber visto al diablo y numerosos pájaros que caen sobre el poblado, rompiendo mosquiteros y alambradas, constituyen algunas de las historias que se desarrollan en la obra. Todos los cuentos presentan un narrador omnisciente, que cuenta las historias de forma ordenada, lo que permite una lectura ágil. Como es característico dentro de la literatura garciamarquiana, hay muy pocos diálogos y monólogos. Se le da mucha importancia a las descripciones de los ambientes donde transcurren las acciones, pero las descripciones, casi siempre están insertas en las mismas narraciones. En cuanto a la temática que presentan los relatos, es perceptible una sociedad en conflicto, injusta, desigual, sometida a las arbitrariedades del poder. Por las páginas del libro desfilan tanto los personajes marginados como los privilegiados. Encontramos desde viudas, ladrones, carpinteros, y dentistas, hasta alcaldes, tenientes, médicos y sacerdotes

II
Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza...
Gabriel García Márquez:
Fragmento del discurso
de aceptación del
Premio Nobel, 1982.
UN DÍA DE ESTOS
Del libro de Gabriel García Márquez Los funerales de la Mamá grande (publicado por la Universidad Veracruzana de Xalapa en México en 1962), he elegido para el análisis literario el cuento titulado: Un día de estos.
Este relato concreto del nobel colombiano, donde nada sobra ni falta, está muy relacionado con el cuento titulado Espuma y nada más, del escritor bogotano Hernando Téllez. El cuento de Téllez, publicado en 1950 en el libro titulado Cenizas para el viento y otras historias, habla de un barbero y un capitán, los que serían comparables al dentista y al alcalde militar del cuento de Gabriel García Márquez. Ambos relatos transcurren en la misma época y si bien el de Téllez es más explícito, en cuanto a los papeles que juegan los protagonistas, las dos narraciones aluden inequívocamente al conflicto armado que se vivía en la sociedad.
La línea argumental del cuento que nos ocupa muestra el encuentro de un dentista empírico y un militar que ejerce como alcalde del pueblo, en un viejo consultorio, donde se lleva a cabo la extracción de una muela. Hay solo tres personajes, dos principales, Don Aurelio Escovar (el dentista) y el alcalde (teniente); finalmente, el hijo del dentista, un personaje secundario que funciona como intermediario entre los dos principales. Tras esta anécdota breve y hasta cotidiana, aparece en el relato un trasfondo de violencia social, corrupción, abuso de poder, tensión y enemistad entre los personajes principales.
Al igual que todos los cuentos de Los funerales de la Mama Grande, este relato presenta algunos diálogos y un narrador omnisciente, que cuenta en tercera persona. Es una narración lineal, que se desarrolla en un único escenario y presenta una sola acción.
El tema central del relato es la tregua que se establece dentro del conflicto ideológico, entre el pueblo (representado por el dentista) y el Estado (representado por el alcalde), y la inversión de los poderes, donde el pueblo, al menos por un momento, va a imponer sus normas.
Internamente, encontramos tres momentos diferentes en la narración. En un primer momento se nos presenta al dentista y su entorno laboral. Hay un segundo momento, el más extenso, que abarca el diálogo de Escovar con su hijo, la irrupción del alcalde en el consultorio y la extracción de la muela. Finalmente, el tercer momento, muy breve, estaría constituido por el diálogo final de los personajes.
En el comienzo del relato todo parece tranquilo, cotidiano y hasta agradable. El narrador omnisciente se encarga de contarnos las características del dentista. Es importante el tratamiento que se le da desde el punto de vista narrativo a este personaje (representante del pueblo), de él se nos van a dar detalles significativos, cosa que no se va a hacer con el personaje del alcalde‑teniente (representante del Estado). El dentista tiene un nombre (Aurelio Escovar), se nos dice que es buen madrugador, trabajador, se lo ve ordenado, metódico y observador. En esta primera parte de la narración, además de conocer las características del dentista, conocemos el escenario donde se desarrollará el relato. La acción propiamente dicha correspondiente al segundo momento de la narración, comienza con las palabras del hijo de Escovar. La mediación del niño, de quien solo se oye la voz, y no hace más que trasladar la petición del alcalde, muestra la distancia inamistosa entre los dos personajes. El pedido consiste en un servicio profesional, la extracción de una muela. En un principio, el dentista se niega a recibir al alcalde, y le indica al niño que le diga que no está, pero el alcalde escucha su voz y lo amenaza con pegarle un tiro si no le saca la muela. El hecho de que Escovar se niegue a atender a su visitante y que sienta que es mejor que lo haya escuchado cuando dijo que no quería atenderlo, muestra una clara oposición por parte del dentista al poder que ostenta el militar. Hay elementos en el relato que nos permiten suponer cosas que no están referidas explícitamente. Escovar está armado, esto no solo muestra que está dispuesto a contrariar las órdenes del alcalde, sino que es un ciudadano preparado para acontecimientos militares. Quizá pertenezca a algún grupo de resistencia popular, esto no lo sabemos, aunque más adelante, cuando se disponga a extraerle la muela a su indeseado visitante, le va a decir que le cobra veinte muertos. Por su parte el militar actúa con la conducta estereotipada de los de su especie, se muestra prepotente, orgulloso, alguien que quiere imponer su voluntad a través de la violencia. Pero los acontecimientos de la narración no siguieron el rumbo que los lectores estábamos esperando. Escovar, antes de desafiar al alcalde a que haga efectiva su amenaza, se cercioró de que su revólver efectivamente estuviera en la gaveta inferior de la mesa. El alcalde por su parte irrumpió en el gabinete después de amenazar concretamente, de manera que lo más lógico habría sido que hubiera existido al menos un intercambio de disparos. Pero nada de esto pasó. Cuando el dentista ve las marcas del dolor en la cara del alcalde se compadece de su sufrimiento y es precisamente este sentimiento el que posibilita la prestación del servicio casi con normalidad. El alcalde tampoco se encontraba gustoso con la visita, de otra forma no hubiera pasado cinco noches de tormento, pero seguramente Escovar era el único dentista del pueblo, y aunque empírico, sabía hacer su trabajo.
El conflicto del cuento está vinculado con la salud, no con lo militar, y los personajes, en ese terreno, deben tratar de interactuar de la forma más civilizada posible. Esta situación lleva a que en ese viejo consultorio se inviertan los papeles en lo que respecta al poder. El militar pasa a estar a la merced de lo que pueda decir el dentista y no tiene otra alternativa que obedecer si quiere dejar de sufrir por la muela. Por esta razón es que dije en la definición del tema del relato que el pueblo, por un momento, va a imponer sus normas. Porque después, el conflicto social seguirá intacto. El alcalde aliviará su tormento y dejará en claro que es él quien ostenta el poder absoluto en esa sociedad. Conocedor de esa realidad transitoria, Escovar maneja el tiempo y la situación a su favor: hierve los instrumentos, los retira con unas pinzas frías sin ningún apuro, se lava las manos, todo bajo la atenta mirada de un desesperado alcalde. Incluso tiene la excusa perfecta para generarle al militar un sufrimiento extra: como tiene un absceso, la intervención debe ser sin anestesia. Esto puede llegar a ser verdad o no, es algo que queda librado a nuestra imaginación, lo cierto es que el dolor de ese momento para el alcalde sería tan intenso, que el dentista le dice: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente”. Es muy significativo que el dentista no le diga alcalde, sino teniente, aludiendo a su condición de militar. Que le cobre veinte muertos, de los cuales este alcalde‑teniente seguramente es responsable y que hable de ese cobro en plural, lo que muestra que esos muertos son del pueblo, del que Escovar forma parte. Una vez que el dentista le saca la muela, le ofrece al alcalde con ironía un trapo limpio. Se encarga de especificarle que el trapo es para que se seque las lágrimas, con lo que se crea un contraste entre la situación y la altivez característica del militar.
El último momento del relato está constituido por un mínimo diálogo de los personajes. Allí queda al desnudo la corrupción de esa sociedad violenta. Ese militar, que seguramente se hizo del poder por las armas, que tiene sometida la población y que carga al menos con decenas de muertos, financia sus cuentas personales con las arcas del Estado. No tiene ningún tipo de vergüenza de decir que él y el municipio son la misma vaina.

Artículo publicado en la revista digital Vadenuevo www.vadenuevo.com.uy. Noviembre y diciembre  de 2015. 

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