jueves, 3 de noviembre de 2016

Después de la extracción


(Relato de una anécdota, para que sea trabajada por otro miembro del área de escritura)

Por: Fernando Chelle

La mañana del miércoles 15 de junio fui a la clínica San José a donar sangre. El día anterior había sido el día mundial del donante de sangre y preferí no ir ese día suponiendo que habría mucha gente. Llegué poco más de las 7 y 30, pero tuve que esperar hasta las 8 que llegara el médico que habilitaba a las personas aptas para la donación. El proceso fue el de costumbre y no pasó nada relevante que merezca ser contado. Después de la extracción y después de haber comido unas galletas con un jugo me dirigí nuevamente a mi casa. Aquí viene la parte sabrosa de la anécdota. Cuando venía bajando por la Avenida Cero, llegando a la Calle 10, sentí que comenzaba a descompensarme. El semáforo estaba en verde, de manera que aceleré para salir de ese sitio tan transitado, con tanta suerte que llegué también a alcanzar a pasar en verde el semáforo de la Calle 9. Hasta allí llegué. Recuerdo que estacioné el carro como pude, vino a mi encuentro una señora de un parqueadero y en lugar de ofrecerme el servicio del sitio para el cual trabajaba, lo primero que me dijo fue: “está malo, quiere que le llame un médico”. Hasta ahí recuerdo. La siguiente escena, comienza a desarrollarse para mí en un almacén de colchones que está ubicada precisamente en la esquina de la Avenida Cero con la Calle nueve. Al abrir los ojos, veo a la señora del parqueadero, al señor de los colchones y al musculoso de la tienda de nutrición contigua al almacén de colchones. Está bien me preguntaba el musculoso, quédese tranquilo decía la señora del parqueadero, denle azúcar dijo otro muchacho, tráiganle panela gritó el colchonero. En fin, poco a poco me fui recuperando de la descompensación sufrida tras la extracción de sangre. Llamaron a mi esposa, ella me vino a buscar, nos fuimos para la casa y el día continuó como de costumbre.  

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