jueves, 24 de noviembre de 2016

El loco mejor vestido


(Escrito en el contexto de las tareas conjuntas que se realizaron entre PUENTE LAB y el diplomado CONVERGENCIA paz y frontera)
Por: Fernando Chelle
El sol eternamente caliente de Cúcuta, parecía calcinar las calles, congestionadas de innumerables motos, carros y busetas. Los vendedores ambulantes pregonaban a viva voz sus artículos, mientras los transeúntes fastidiados por el intenso calor, buscaban las pocas sombras que proyectaban los toldos y los árboles. En medio de esa situación bochornosa, veo venir en mi dirección un personaje profundamente extraño. Era un hombre negro, pero no radicaba en eso su extrañeza, sino en que aquel hombre, en medio de las llamas de ese infierno, venía vestido completamente de traje. Pedí un raspado en uno de los carros que rondan el parque Simón Bolívar y me ubiqué bajo la sombra de un árbol a saborear el sorbete y a contemplar con detenimiento al extraño personaje. De inmediato me di cuenta que el traje azul estaba un poco sucio y que aquel hombre con esa extraña indumentaria presentaba gestos y actitudes que no se condecían con el de una persona que estuviera en su sano juicio. Tenía una sonrisa constante sin que existiera ningún hecho relevante que la ameritara, caminaba dando grandes zancadas, moviendo alternativamente y de forma violenta los brazos. Llevaba también unos lentes tipo ray ban clásicos, pero con la particularidad que eran lentes espejados, de manera que aquel personaje pintoresco aparecía ante mis ojos como la caricatura de una mosca a la que se le había dado por ponerse saco y corbata.
Lo primero que me pregunté es de dónde sacaba este hombre su extraño, pintoresco y a su vez formal atuendo, porque todo hacía pensar que se trataba de una persona que se encontraba en situación de calle y no muy bien de la cabeza. Mi imaginación me llevó a la presencia de un ficticio, pero a su vez posible vecino de buena posición económica que a medida que iba desechando su formal y aristocrática vestimenta se la facilitaba al hombre de las zancadas, los manotazos violentos y los lentes espejados. Así logré satisfacer mi imaginación, pero ésta, inquieta como de costumbre, me empujó hacia otras interrogantes, ¿dónde guardaría la ropa?, ¿la lavaría?, él mismo ¿se bañaría? Mientras el contenido de mi raspado iba bajando, el hombre se alejaba poco a poco, miraba alternativamente hacia los costados dando manotazos y sonriendo. Antes de perderse definitivamente en el trajinar de la ciudad, vi como metió la mano en el bolsillo del saco, sacó medio pan francés y se lo fue comiendo.

 # PUENTEMIAU
Narraciones breves del laboratorio literario debajo del puente
GATO MALTRECHO EDITORIAL


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