sábado, 29 de octubre de 2016

El camino hacia el sonido blando


(Ejercicio consistente en reparar en un sonido)

Por: Fernando Chelle

Después de todo, la tarde está fresca, pensó cuando escuchó “el cementerio” sitio elegido para la salida grupal. Las brisas del Pamplonita se hacían sentir ese miércoles de semifinales más que de costumbre, y eso devolvió a su espíritu algo de la tranquilidad trastocada en el momento que le informaron de las características de la actividad vespertina. Antes de emprender la caminata, sintió olor a café y volvió a pensar en las correspondencias de Baudelaire, lo había hecho cuando Miguel habló de los sonidos blandos, sin embargo al olor a café no lo asoció en el momento a algún aspecto característico de otro sentido, sino que imprimió en su espíritu otro tipo de mezcla, también extraña pero no por eso menos existente, lo llenó de melancolía y felicidad.
Había más tránsito de lo regular, tal vez por el partido, por lo demás, era un miércoles que se repetía en la esquina de la Avenida Quinta y la Calle 16, donde dobló para encaminarse a su destino. Mientras caminaba retrasado, sosteniendo con manos temblorosas el cáliz melancólico y feliz, fue dejando que algunos versos invadieran su mente. Los escribiría cuando llegara a su casa, aunque claro ya no serían los mismos, por más que Bécquer hubiera dicho “cuando siento no escribo”, él hubiera deseado escribirlos allí. Eran algo así como:

Allá arriba, al final del pueblo,
movidos por el viento,
se hamacan los altos pinos
de la postrera sombra.
Son los antiguos vivos
de esa cárcel de muertos,
de ese viejo campo
sembrado de cruces.
Allí terminarán, bajo una lápida gastada
mis cansados huesos,
no en un panteón
con su triste escultura de mármol,
en una tumba simple
como la de mi abuelo.
No sentiré la lluvia de ese día sombrío
ni escucharé los llantos
del mundo de los vivos
dormiré eternamente
solo será descanso
solo seré recuerdo.

Siempre le había llamado la atención como la gente de esta ciudad tomaba cerveza a horas intempestivas. Esto no era un cuestionamiento moral ni nada que se le parezca, simplemente le parecía raro que un martes a las once de la mañana o un miércoles a las tres de la tarde la gente en lugar de café eligiera “una pa la sed”. Pero bueno, era la tarde del partido, y la gente comenzaba a juntarse en las esquinas, en los bares y hasta en las tiendas para esperar el encuentro. Vio como  las camisetas amarillas miraban extrañadas al grupo de desconocidos, que al estilo de Nairo Quintana, trepaban la cuesta rumbo a su destino. Los perros ladraban a su paso, los chicos de audiovisuales cazaban las mejores imágenes mientras eran observados atentamente por un viejo gato parado en lo alto de un muro en medio de botellas partidas. Un cartel de una mujer voluptuosa con la camiseta de Colombia de pronto señaló hacia un montallantas. Leyó que decía “siga” y se confundió. Porque la muchacha del cartel seguramente quería que se detuviera, que pasara al montallantas, no que siguiera, en todo caso, pensó que seguramente lo que quería la muchacha de cartón era que él siguiera hacia adentro del montallantas, pero eso no estaba especificado, allí simplemente decía siga. De manera que optó por seguir, sobre todo porque en aquel momento no necesitaba los servicios de un montallantas.  Cuando pasó por la puerta del lugar, escuchó que una voz, la que supuso salía de la radio decía: “Estás escuchando Olímpica Stereo, la que te pone de todo”. Esto le recordó la tarea de los sonidos, le comenzó a preocupar el hecho de que había caminado una gran cantidad de cuadras sin verse sorprendido por sonidos, ni blandos, ni oscuros, ni dulces, se había olvidado de los sonidos que indudablemente le hablaban y a veces le gritaban desde todas las cosas.  Un cartel ofrecía los servicios de un mariachi junto a un terreno baldío, donde unas enormes flores blancas silvestres le ganaban el pulso a la civilización. Recordó un poema de León Felipe y su propio  poema sobre las piedras,  al ver una, que junto a otras tres sostenían una lámina de eternit. Pobre piedra se dijo y no pudo dejar de pensar en León Felipe, lo releería al llegar a su casa. El universo se lo había indicado con esa imagen, era algo indudable.
En los ángeles que se hallaban  a la entrada del cementerio con sus trompetas  tampoco encontró el sonido. No le sorprendió en lo más mínimo, sabía que ningún tipo de manifestación, relación o respuesta se puede esperar de un objeto. Pensó en el hecho de que hay gente que si lo espera… y en lugar de ponerse a reflexionar en eso, decidió que sería más productivo ir tras los sonidos blandos aludidos por Miguel. Se decía a sí mismo que si Miguel lo había dicho era porque seguramente esos sonidos existían. Lo encontró. Bajando por la entrada principal del cementerio, en medio de sepulturas, flores plásticas y cruces de hierro se oía el sonido blando. Siguió bajando hasta donde el camino se bifurca y allí estaba, tras una lápida con caracteres hebreos, un chorro de agua caía y llenaba un pote. En el momento en que lo vio, el pote estaba a medio llenar, de manera que el agua que salía de la llave caía sobre la que reposaba en el pote, caía blandamente y sonaba también fresca y blandamente. Sonrió y salió feliz hasta la puerta en busca de un café, había encontrado lo que había ido a buscar, había hallado el sonido blando. 

# PUENTEMIAU
Narraciones breves del laboratorio literario debajo del puente
GATO MALTRECHO EDITORIAL

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