miércoles, 7 de enero de 2015

LITERATURA DISTÓPICA

Cuando el futuro puede llegar a ser peor



Ficciones que muestran un futuro desesperanzador, alienante, sin libertad y absurdo. Sociedades ficticias gobernadas por Estados totalitarios que buscan garantizar la estabilidad social mediante la manipulación psicológica y en algunos casos científica de los individuos. Obras que vienen a cuestionar el viejo sueño utópico de una sociedad perfecta.



Por Fernando Chelle


En el número anterior de vadenuevo se publicó un artículo titulado Literatura Utópica: Los buenos no-lugares de la ficción. En ese estudio se reparó en la etimología del término acuñado por Tomás Moro para denominar a su novela “Libellus De optimo reipublicæ statu, deque nova insula Vtopiæ” ("Libro del Estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía") y también se mostró cómo, a partir de esa publicación, se comenzó a gestar un término conceptual que daría lugar a un nuevo modelo literario. El tema del presente artículo es la literatura distópica: obras que se han considerado hijas bastardas de las clásicas utopías, o una especie particular de utopía de carácter negativo, que tienen su origen en la primera mitad del siglo XX, y que todavía están presentes no solo dentro de la literatura sino también en el cine. De manera que, para abordar en profundidad las características específicas de este tipo de literatura, será conveniente volver a referirnos, aunque sea de forma breve, a algunos aspectos del concepto madre del que provienen las novelas distópicas, al concepto de utopía que tuvo origen en el Renacimiento.

En el año 1516, a partir de la publicación de Utopía, se comienza a utilizar el nombre de “género utópico” para referirse a las novelas que presentan características similares a la obra de Tomás Moro. No obstante eso, en la historia de la literatura ya existían obras que mostraban mundos alternativos, paradisíacos e ideales, similares al que Moro creó en el siglo XVI, con lo que se podría decir que el pensamiento utópico ya estaba presente en muchas obras, incluso antes de que se lo denominara de esa forma. Cuando nos referimos a la literatura utópica estamos hablando de ficciones que describen el funcionamiento de un Estado ideal, no localizado en un lugar específico, perfectamente pensado, tanto desde el punto de vista político, social, científico y en ocasiones religioso, donde los habitantes cuentan con una predisposición natural a aceptar las leyes y normas de convivencia. Son Estados ideales de ficción, que se presentan como alternativos a los del mundo real.

Los proyectos que se describen en los diferentes mundos utópicos guardan relación con los que se encuentran en el mundo existente. Son una herramienta utilizada por diferentes autores, de distintas épocas, para proyectar sus concepciones acerca de una sociedad ideal. Mediante la comparación, que se hace implícita al lector, entre lo existente y lo ficcional también está comprendida la crítica, muchas veces feroz, a lo establecido en el mundo real. De esta manera podemos decir que la literatura utópica abarca diferentes aspectos que hacen a la realidad del hombre y a su vida en sociedad, como por ejemplo lo filosófico, lo social, lo teológico. Son manifestaciones tendientes a mostrar la posible realización humana, a plasmar lo deseado, a trascender dentro de la ficción hacia mundos más justos y esperanzadores.

EL CAMINO A LA DISTOPÍA. Este tipo de ficciones, que se empiezan a escribir de manera sistemática a partir del Renacimiento, ha tenido una larga vida; de alguna manera hasta en la actualidad encontramos obras que presentan características propias de las utopías tradicionales. De todas maneras el género utópico, a lo largo de la historia, ha tenido sus variantes. En el propio Renacimiento se enfocaba a expresar el espíritu del Humanismo, a reelaborar viejas historias de carácter igualitarista, a crear y situar los distintos mundos de ficción en los lugares geográficos recién descubiertos. Allí encontramos obras como la propia Utopía (1516) de Tomás Moro, La ciudad del Sol (1602) de Tommaso Campanella, y La nueva Atlántida (1623) de Francis Bacon. La Ilustración puso a las utopías al servicio de la razón, continuó con la tradición de los libros de viajes y con la descripción de lugares ideales, que los autores aprovechaban para expresar sus críticas sociales y plasmar en sus sociedades ficticias el progreso que deseaban para las sociedades contemporáneas existentes. Allí se destacan obras como El naufragio de las islas flotantes (1753) de Étienne-Gabriel Morelly, El Manifiesto de los Plebeyos (1795) de Graco Babeuf, y Aline y Valcour (El Reino de Butua) (1788) del Marqués de Sade. En el siglo XIX distintos pensadores, intelectuales y escritores, pertenecientes a corrientes de pensamientos vinculadas al primer socialismo, utilizaron el género utópico como una vía de expresión de sus ideas. Dentro de estas obras, pertenecientes a un movimiento teórico conocido hoy como socialismo utópico se destacan Viaje a Icaria (1840) de Étienne Cabet, Teoría de la unidad universal (1841) de Charles Fourier y Noticias de ninguna parte (1890) de William Morris.

Esta presencia del género utópico, con sus características propias, se mantuvo casi de forma invariable hasta comienzos del siglo XX. Claro que las distintas épocas históricas que sucedieron al Renacimiento introdujeron en el género pequeñas variantes, pero siempre fueron obras que se caracterizaron por crear mundos ideales y que apuntaban a proyectar en el imaginario colectivo el pensamiento de que otras formas de relacionamiento social eran posibles, apuntaban a un futuro prometedor, de progreso, perfeccionamiento y justicia social. En las primeras décadas del siglo XX surgió una utopía de carácter negativo, donde el futuro aparece muy distinto de como lo habían soñado los utopistas clásicos. En los años '20 del siglo pasado, cuando comienzan a escribirse este tipo de obras, la humanidad estaba viviendo un momento histórico muy especial. Había terminado la primera guerra mundial, comenzaba el afianzamiento del régimen soviético, comenzaba a surgir el nazismo en Alemania, y algunos escritores empiezan a alertar sobre el perjuicio que implicaría el establecimiento definitivo de un régimen totalitario para la libertad de los individuos ante el peligro de la masificación y la desindividualización. El mundo comenzaba a vivir bajo un potencial tecnológico nunca visto, el peligro nuclear estaba latente, de manera que no es extraño que la utopía diera un viraje y mostrara su peor rostro, el de un futuro alienante, sin libertad, absurdo. Estas obras no van a venir a plantear un modelo ideal de sociedad, sino que van a criticar el orden existente y a su vez van a proyectar construcciones sociales que advertirán sobre lo nefasto que podría ser para la sociedad el triunfo de algunos sueños utópicos. Son sociedades dominadas por la ciencia en manos de Estados que buscan garantizar la estabilidad social mediante la manipulación psicológica de los individuos. Las distopías son obras que ponen en cuestión los sueños de las clásicas utopías, los sueños de una sociedad perfecta; advierten sobre los peligros de un futuro proyectado con las ideas de un presente. Allí aparecen tanto temas como el del socialismo de Estado, el consumismo, el control social (por diferentes ideologías), el hombre en la sociedad y en la individualidad. La forma más clásica de advertencia que utilizan estas obras es mostrar el enfrentamiento que se da entre un personaje y las condiciones sociales con las que le ha tocado vivir. Ejemplos como el de John el Salvaje en Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), Winston Smith en 1984 de George Orwell (1949) o el bombero Montag en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1953), son una clara muestra del enfrentamiento del individuo con lo impuesto socialmente. Los ejemplos se podrían multiplicar, pero haré referencia solamente a estas tres obras porque son las que tomaré como ilustrativas del género para compararlas.

UN MUNDO FELIZ, DE ALDOUS HUXLEY (1932). El título recoge unos versos de William Shakespeare, expresados por Miranda en el acto V de La tempestad. Es una obra paradigmática dentro de las distopías: la acción transcurre en un futuro extremadamente tecnológico, donde el desarrollo científico está en manos de un Estado que lo utiliza para establecer normas y criterios que apuntan a crear en la sociedad una “felicidad” constante. En este “mundo feliz” los individuos tienen la vida programada desde antes de nacer, sus emociones han sido manipuladas desde muy pequeños con sistemas de enseñanza que no dejan lugar a la individualidad ni a la reflexión. El Estado ha sabido manipular los sentimientos y emociones de las personas como un mecanismo de control social en que cada individuo es feliz con la vida que le ha tocado.

Se trata de una sociedad avanzada desde el punto de vista tecnológico, en que todas las personas son felices y viven sin conflictos aparentes, no existe la pobreza ni las guerras. La reproducción de los seres humanos se da a través de cultivos artificiales; son educados por medio de la hipnopedia, un sistema que busca grabar en la mente de las personas todos aquellos conceptos que son utilitarios en esa sociedad. El avance de la ciencia está controlado por el Estado y cada invento tiene que superar en algo a otro invento anterior; no existe el concepto de familia y la sexualidad es libre. Tampoco existe la posibilidad de que un individuo cambie de clase: si es un alfa estará feliz con serlo, lo mismo sucederá con los gammas, los deltas y los epsilones; el arte no existe y la religión tampoco.

El enfrentamiento que se da entre un personaje y las condiciones sociales con las que le ha tocado vivir se ve en esta obra en John el Salvaje, un individuo que es hijo de dos habitantes del mundo civilizado y que permaneció toda su vida en una de las reservas que el Estado Mundial mantenía lejos de la nueva civilización. Las costumbres de John son muy distintas a las del mundo civilizado, comprenden la lectura de Shakespeare, la espiritualidad y el relacionamiento emocional entre las personas. Cuando este personaje visita la sociedad del “Mundo Feliz” se va a establecer un choque cultural en que las comparaciones con respecto a los valores y las costumbres serán evidentes. John va a llegar a la conclusión de que la felicidad del mundo civilizado es artificial y de que una vida sin dolor ni angustia no tiene sentido.

1984, DE GEORGE ORWELL (1949). También es una obra que transcurre en una sociedad futura con características aterradoras. La sociedad descrita por Orwell está gobernada por un Estado totalitario, dirigido por un único partido que además de imponer su criterio en todos los aspectos de la sociedad se encarga de vigilar permanentemente todos los movimientos de los ciudadanos. La imagen del Gran Hermano es la que ostenta el máximo poder social, es la encarnación de los ideales del partido único y al que todos los ciudadanos deben rendir veneración y respeto. La situación social europea y la presencia de gobiernos de carácter totalitarios fueron aspectos que influyeron en la proyección futura de Orwell, donde se puede ver claramente la pérdida de la individualidad y la manipulación psicológica de la población para que no interfiera en los propósitos del Estado.

El protagonista de esta novela, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad, uno de los cuatro ministerios que tiene el Estado. Su función es modificar los datos de la realidad, fundamentalmente los datos históricos, para generar una opinión totalmente direccionada y afín a los intereses del partido único. Con el tiempo Smith toma conciencia de cómo el Estado manipula a su favor a los habitantes y trata de escapar de la constante y permanente vigilancia del Gran Hermano. Se enamora de Julia, una joven también desengañada del sistema, y se afilian a La Hermandad, un falso grupo de resistencia con el que tratarán de liberarse, cosa que no lograrán, porque La Hermandad no es más que otro engranaje del sistema represor. Finalmente tanto el protagonista como su enamorada son sometidos a intensas torturas con lo que el sistema logra revertir sus opiniones disidentes.

FARENHEIT 451, DE RAY BRADBURY (1953). Es otro ejemplo clásico de distopía. El tema central de la novela gira en torno a la quema de libros y el título de la obra se refiere precisamente a la temperatura a la que se quema el papel. La acción transcurre en un futuro en que la lectura está prohibida porque quienes gobiernan consideran que los libros llevan irremediablemente a la desdicha del hombre. Al igual que en las otras dos obras referidas, en Farenheit 451 el Estado se encarga de la manipulación psicológica e intelectual de los habitantes; en este caso se sostiene que la lectura diferencia a los hombres cuando éstos deberían ser iguales, de manera que la prohibición de la lectura y la condena de los libros es una herramienta usada para evitar todo tipo de desviación cultural. Es una sociedad alienada por distintos aparatos de comunicación que prácticamente han sustituido las relaciones interpersonales; la ciencia de esta forma es utilizada para mantener sumisos a los ciudadanos frente a un sistema que no se cuestiona.

El protagonista de esta novela es un bombero llamado Montag, que se ocupa de quemar los libros. En este mundo los bomberos no se encargan de apagar el fuego sino de provocarlo, claro que de forma controlada. Poco a poco, y fundamentalmente a partir del conocimiento de una muchacha llamada Clarisse, Montang comienza a tener curiosidad por la lectura, lo que lo lleva a comenzar a guardar algunos de los libros que decomisa. Con el tiempo este bombero despierta de la ignorancia colectiva y pasa a ser consciente de los condicionamientos sociales en que están insertos los demás ciudadanos. Al final Montag, que se ve perseguido por el régimen, se incorporará a una sociedad secreta encargada de guardar en la memoria el contenido de los libros.



Artículo publicado en la revista digital Vadenuevo www.vadenuevo.com.uy. Enero de 2015. Disponible aquí: : http://www.vadenuevo.com.uy/index.php/the-news/3297-76vadenuevo09


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